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viernes, 23 de mayo de 2014

Capítulo 2

Ebook primera parte Aquí

Estaba de pie en medio de la sala. Su espalda estaba muy recta y sus manos suavemente cruzadas una sobre la otra a la altura del cinturón de su vestido. Su barbilla un poco levantada y su rostro con  expresión solemne. Pobre Adelaida, pero por dentro, sentía que si no se concentraba las rodillas le temblarían tan duro que sonarían al chocar unas con otras. Tía Raquel caminaba dándole la vuelta, como mirando una pintura tridimensional, sus pasos parecían como si quisiera a tantos tiempos danzar, a tantos otros andar. Se detuvo frente a ella con una cara tan curiosa, pensó Adelaida. Pero las caras curiosas son caras llenas de curiosidad, eso lo sabía Raquel, que también le gustó la curiosa cara de Adelaida como si se mirara a sí misma en una especie de espejo mágico, al estar una frente a la otra. Adelaida se dio cuenta que era lo que Raquel miraba con detalle y no pudo evitar sentir sus orejas encenderse. Deben parecer dos ruedas de tomate a lado y lado de mi cara, se decía a sí misma. Pero las damas tienen derecho a sonrojarse, aunque solo fuesen sus orejas.

- Hermosas pecas - dijo al fin Raquel, mirando con detalle las mejillas de la muchacha y todo su rostro. Adelaida no pudo evitar sentir como sus labios se apretaban unos contra otros. Las damas no pueden decir lo primero que se les antoja, deben ser comedidas, y su medida en ese momento fue apresar su inquieta lengua entre sus dientes como un prisionero en su boca. Odio mis pecas, no hay nada en el mundo que odie más que mis pecas... pensó con desafuero. Esas eran sus palabras prisioneras.  

- ¿Por qué no te pones cómoda? Quítate ese sombrero y suelta tu cabello - las palabras de Raquel sonaban dulces. Sin embargo había leído en un libro que una damisela en algún lugar lejano había sido envenenada con miel, Adelaida se lo recordó a sí misma . No le daba confianza aquella señora, sus ademanes eran los correctos, como los de una dama, pero su comportamiento, su vestido, sin calzado, el cabello suelto, la hacían parecer a una niña recién levantada a la que le habían caído 70 años de improvisto. 

- Muchas gracias tía, pero estoy cómoda como estoy - respondió Adelaida amablemente inclinando la cabeza un poquito. 

- Cómoda estoy yo mi amor - Raquel señaló sus pies desnudos. Adelaida los miró y tan pronto como los vio levantó la cara llena de vergüenza. Sentía como si hubiera visto desnuda por completo a Raquel. Los pies de una mujer, son el reflejo de como se quiere a sí misma, siempre le recordaba su madre Betania. Y tía Raquel los tenía sobre el piso, directos sobre el suelo. Una dama nunca debe estar al nivel del suelo. Una dama debe ser elevada de la mugre de los caminos del mundo. Una dama sino ama y cuida sus pies, es porque no ama y se cuida a sí misma. Una dama debe... sus ojos se abrieron tan ampliamente como se lo permitió el asombro... Raquel caminó sobre el césped del pequeño jardín en el centro de la casa en rumbo hacía un pequeño arbusto de cayenas. 

- ¡Una dama debe siempre cubrirse los pies! - fueron las fugitivas palabras que huyeron de su boca. Apretó nuevamente los labios, pero no fue lo suficientemente veloz, hasta la última palabra se escurrió como la bala de un cañón. Hubiese preferido eructar. 

Raquel se detuvo. El tiempo se detuvo. El corazón de Adelaida no. Sintió el estúpido y repentino deseo de descalzarse sus finas botas trenzadas y correr a pararse al lado de la tía abuela, para no ser azotada en algún sótano siniestro escondido detrás del más recóndito rincón de aquella casa. 

La tía giró sobre sí misma sin prisa, miró sus pies con cierto desdén y con una expresión menos dulce  miró a la petrificada Adelaida. Ahora la "momia de pie" parecía ella. Raquel levantó un poco los brazos como lo haría un exhibicionista, se miró a sí misma  detallándose un poco y clavó una mirada severa en los negros temerosos ojos de su sobrina. 

- Heme aquí, sin cubrirme los pies, sobre estas modestas hierbas. ¿Podrías decirme si soy una dama o no lo soy?    

- Yo... mi... mi mamá siempre... - balbuceó la pobre joven. Pero Raquel no le dio espacio para responder. 

- Todo lo que te haya podido decir tu madre, se lo dije yo primero. ¿Podrías decirme si soy una dama o no lo soy? - Raquel pareció alargarse de nuevo, hacia arriba, como una torre de acero, y no importaba que tan bonitos colores la vistieran, parecían ser todos negros. Su rostro era de nuevo el de aquella siniestra figura que la recibió en la vereda principal del pueblo.

Adelaida le miraba sus pies, le miraba su rostro, miraba su rostro, miraba sus pies. No sabía que responder. Su respuesta era NO, pero era la dama de damas, era la tía abuela Raquel, la de los talantes y talentos, que ni reinas ni damas jamás tendrían. Pero estaba ahí, frente a ella, como salida de un manicomio, parada descalza sobre su jardín, mirándola con ojos de bisturí. 

- Sí... - apenas pudo responder. 

- Sí que cosa. 

- Sí es una dama - Adelaida anudó sus manos una con la otra fuertemente casi que le dolieron las uñas mordiéndole la piel. 

- Lo que hace a una dama ser dama, no es estar descalza, es no decir mentiras. 

Ahora lo menos colorado de Adelaida eran sus orejas. Nada podía competir con su rostro. Se sentía tan avergonzada. Una dama debía ser siempre honesta y tía Raquel la había pillado. Aún así no daría su brazo a torcer. Mantendría su palabra, sería firme. Soy quien soy, pensó para sí misma, y se infló de valor.

- He dicho la verdad - respondió Adelaida levantado de nuevo su barbilla. 

- Sí... y mírame a mi, yo tengo las zapatillas puestas - Raquel alzó uno de sus pies, tanto que Adelaida pudo ver como tenía hebras del césped adheridas a la piel desnuda de sus dedos y talón. Tal irónicas palabras molestaron aún más a Adelaida. 

Raquel caminó hasta una pequeña mesa cercana y tomó de ella una muñeca. A Adelaida  le molestó que pareciese una versión de ella misma, pero más rechoncha y regordeta. Rogó que la tía Raquel no deparara en aquella similitud. Y no lo hizo para el alivio efímero de Adelaida. La tía abuela le hizo notar que la muñeca estaba descalza también y deteniéndose de nuevo sobre el césped le preguntó a la muchacha. 

- ¿Qué es esto? 

- Una muñeca - respondió sintiéndose otra vez acuchillada por los ojos de Raquel. 

La mujer anciana se inclinó y dejó de pie junta a ella sobre el césped a la muñeca. 

- ¿Y ahora qué es? 

Adelaida sintió como su entrecejo se le frunció como si un hilo invisible arruchara su frente, fuera de su control. 

- Sigue siendo una muñeca... - apenas alcanzó a responder. 

- ¡¿Entonces si yo soy una dama y me paro descalza sobre el césped por qué dejo de serlo?!

- Porque una dama es una mujer real. Porque una dama debe ser elevada de la mugre de los caminos del mundo. Una dama sino ama y cuida sus pies, es porque no ama y se cuida a si misma. ¡Porque usted y yo somos personas! 

- Bueno... - Raquel se acercó hasta Adelaida con la muñeca en brazos, se le acercó al rostro y le dijo - Desde hoy seremos muñecas. 

- Eso no tiene sentido - cuestionó la joven desde su confusión. 

- Por lo que he aprendido de la vida, para las damas casi nada tiene sentido. De hecho, una muñeca y una dama se parecen en muchas cosas. Por ejemplo, tú y esta muñeca puede que tengan cosas en común - Adelaida sintió como sus mejillas se le inflaron de aire, como si un grito hubiera preferido morir dentro de su boca. No me parezco a esa rechoncha muñeca pelirroja, llena de pecas, se dijo repetidas veces en sus pensamientos. Lo que menos desearía que tía Raquel ahora encontrara parecidos físicos entre aquel muñeco y su fina figura de la que estaba orgullosa. 

- Verás Adelaida, esta muñeca igualmente que tú, no puede decir mentiras. Una dama es honesta. Resulta que la muñeca también. Ya veremos cual de las dos se convierte en toda una dama, y quien en toda una mujer. Veremos quién es más real que quién. 

Mientras Adelaida desempacaba su maleta, en la habitación donde dormiría, no dejaba de meditar toda aquella tontería de muñecas y damas. Para Adelaida no había discusión, una dama sabe que es una dama y punto. Y una muñeca es una muñeca y punto. Tía Raquel no era una dama y ella no era una muñeca. Le pareció que era mejor seguir sufriendo de mal de amor que vivir con una anciana demente. Se sentó frente al pulido espejo de la peinadora y comenzó a soltar su peinado con delicadeza. Miró sus pecas un momento, sus odiadas "hermosas pecas". Y por primera vez sintió solidaridad con ellas, por primera vez sintió que podía odiar otra cosa como nada en el mundo...

A las muñecas y a la tía Raquel. 




                                                                                                                     Lee Aquí el Capítulo 3