Recomienda Los Jardines de Bardolín a tus amig@s

lunes, 26 de mayo de 2014

Capítulo 5

Ebook primera parte Aquí

Galleta era dulce. Y también era una persona. Para ser más precisos era una jovencita de 20 años de ojos grandes y marrones, de piel blanca como la leche y su cabello era negro, muy liso, perfectamente cortado a la altura de su quijada. Era tímida como las flores silvestres que crecen escondidas entre los lirios, y sus mejillas eran rosadas como las pumarrosas cuando aun tienen  más de flor que de fruta. Como todos en Bardolín caminaba hasta la casa del cartero. Salía de su casa, la última en la redoma de la fuente y sin prisa iba mirando cuanto animalito revoloteara entre los jardines o las hierbas plebeyas que se alzaban entre las piedras de la vereda principal. Parecía caminar dentro de una canción, una que ella sola parecía poder escuchar. A veces tarareaba frases melódicas con su voz de arpa, y al siguiente momento sus ojos marrones se detenían sobre una rama de algún arbusto para hablar con los pequeños vecinos de Bardolín, con los que parecía tener muy buena confianza. Siempre llevaba cruzado al pecho un pequeño bolso que descansaba sobre su cadera, se lo había tejido su abuela antes de irse al cielo de las costureras. Dentro, llevaba consigo todo el tiempo una libreta de hojas blancas y unos cuantos lápices de colores. Realmente eran pocas las hojas blancas que quedaban en aquel cuadernillo lleno de trazos coloridos, de anotaciones, de observaciones, de secretos descubiertos por los grandes ojos curiosos y tímidos de Galleta. Ese día, sobre su pecho llevaba abrazada una pequeña caja de madera, como si de un cofre de tesoros se tratara, pero no era un cofre, parecía más una especie de libro rígido, o un estuche como esos, de tizas pasteles como los que guardaba celosamente bajo su cama. Era un día especial, los días que caminaba con su caja misteriosa abrazada al pecho eran días distintos a cualquier otro, eran días donde Galleta parecía más dulce, menos tímida, feliz.

La tía Raquel le había pedido un favor a Adelaida, que entregara al cartero  una misiva que había escrito respondiendo a una de las cartas que había recibido un par de días atrás de las manos de Fabián. Era una carta con "carácter de urgencia" había dicho la tía abuela. En el fondo, Adelaida se sentía un poco nerviosa de ver de nuevo al joven con sonrisa de relámpago, aunque se había prometido cerrar su corazón con llave y luego lanzarla al fondo de un abismo. Se vistió con su vestido azul marino de cintas blancas, se recogió laboriosamente el cabello en trenzas que sostuvo con pequeñas horquillas las que escondió debajo de su sombrero blanco. Llevaba sus botas trenzadas de tacones marfil las cuales la hacían ver más alta y sobre el hombro apoyaba su sombrilla abierta evitando que el viento de la tarde le robara el sombrero como un villano invisible. Se repetía una y otra vez las indicaciones para llegar donde el cartero. Ve por la vereda principal, se decía.  Pasa la redoma de la fuente, se recordaba. Cuenta dos veredas más, contaba con sus dedos indice y medio. Cruzas a la izquierda y en esa vereda al final, pasando la entrada de Los Jardines, esta Fabián. Se sonrojaba con solo nombrarlo en sus pensamientos.

Ya había dejado atrás la redoma con su fuente murmuradora, y comenzó a cruzar en la segunda vereda hacia la izquierda cuando de improvisto tropezó con una muchacha que dio un par de traspiés y se enderezó nerviosa, como si tuviera un resorte en la espalda.

- ¡Lo siento! ¡lo siento!- dijo en voz baja, aquella joven de ojos marrones que estaban muy abiertos mostrando unas largas pestañas oscuras.

- Oh discúlpame a  mi -dijo Adelaida acercándose a ella- no vi que estabas inclinada aquí en la esquina. ¿Estás bien? ¿te lastimé?

- No pasó nada. No importa. Yo estaba atravesada - dijo la muchacha  que se abrazaba fuertemente a una pequeña y rectangular caja de madera.

- Tienes razón, no pasó nada - Adelaida le sonrió y le dijo de forma maternal- Pero no debes olvidar que las esquinas no son lugares seguros para una dama.

La muchacha pareció más tranquila y sonrió suavemente. Comenzaron a caminar juntas.

- ¿Cómo te llamas? Yo soy Adelaida. Soy la sobrina de la Sra. Raquel.

- Yo soy Lili - se presentó la jovencita escondiendo su rostro detrás de sus lacios cabellos - Sí, ya sé que eres la sobrina de Doña Raquel.

- ¿Lo sabes? - le preguntó muy intrigada.

- Fabián  me habló de ti. De la señorita muy bonita y refinada que era sobrina de Doña Raquel que la había venido a visitar.

Adelaida sintió como se le sonrojaban de nuevo las orejas. Fabián había dicho que ella era "bonita y refinada".

- También eres muy bonita y refinada - quiso tener un cumplido con su nueva conocida.

- No, yo no - la muchacha de ojos tiernos y grandes sonrió apartando su rostro como si lo escondiera- Tú si eres una dama respetable.

- Gracias. Que amable - Adelaida le sonrió con sincera gratitud - tú también tienes todo para ser una dama respetable.

- No sé - Lili abrazó con fuerza su caja de madera e inclinó la cabeza, su rostro se llenó de ensoñación imaginando poder tener el porte y la seguridad de Adelaida... o de Doña Raquel.

- ¿Eres amiga de Fabián por lo que veo?

- Fabián es amigo de todos...- Lili sonrió con ternura - por eso todos somos amigos de Fabián.

- Muy popular Fabián... Su novia debe estar muy orgullosa- Adelaida hizo un gesto indiferente mientras hablaba.

La joven de ojos tímidos guardó silencio y miró el perfil de Adelaida. Le pareció tan hermosa, con su sombrero blanco, su vestido azul marino, la piel impecable. Y aunque le parecían un poco raras sus pecas, le encantaba ese color tan diferente de su cabello que nadie en Bardolín tenía. Sin duda, la sobrina de Doña Raquel era muy linda y sofisticada.

- Fabián no tiene novia - dijo con voz de murmullo la pensativa Lili.

- Oh, ya aparecerá alguien que cautive su corazón - dijo la muchacha del sombrero blanco, como si todo aquello no tuviese importancia para ella.

- ¿Vas donde Fabían? - Lili la miró a los ojos.

- Voy donde el cartero... - Adelaida trató de evadir la pregunta y la mirada de cachorro de Lili- si está Fabián le entrego la carta que envía tia Raquel, si está el señor Antonio, aprovecho la oportunidad para conocerlo y le entrego la carta.

- Entiendo - respondió Lili mirando de nuevo las siluetas que dibujaban las piedras de la vereda.

- ¿Y tú vas donde Fabián? - le devolvió la pregunta en venganza. Sin embargo, Lili con una amable voz le respondió:

- Sí, voy donde Fabián - volvió a inclinar su cabeza para que su cabello lacio como cortinas cubriera el rubor de sus mejillas.

Adelaida observó con recatada curiosidad la caja de madera que abrazaba con tanta protección la tímida Lili. Va igual que yo de recado, las dos vamos a ver a Fabián a entregarle cada una algo que enviar, pensó.

- Veo que también vas a enviar correspondencia - le observó Adelaida.

Lili sonrió negando con la cabeza. Cuando parecía que por fin aquella muchacha de ojos café había acumulado el valor para comenzar a hablar con entusiasmo, ante de que su boca abierta pudiera salir palabra, aparecieron por una entrada a la vereda, por el lado izquierdo tres niños con caras de pilluelos.

- Ahí viene la rara - dijo uno a otro, mientras el tercero se tapaba el sol del rostro para poder ver hacia Lili y Adelaida.

- ¿Y quién es la otra?

- Creo que es familia de la Sra. Raquel. Se lo dijo mi vecina a mi mamá -hablaban entre sí.

Adelaida se percató que Lili se había puesto seria y parecía haber levantado un muro invisible a su alrededor. No era difícil darse cuenta que esos niños tenían la costumbre de molestar a la tímida de ojos grandes y curiosos. Cuando estaban cerca de ellas con sus ojos brillosos como los de los ratones puestos en Lili, comenzaron todos a hacer ruidos parecidos a los de las ranas:

- ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Rara! ¡Croac! ¡Croac! ¡Rara! - decían todos a destiempo.

- ¿A quién le dicen rara? - Adelaida no pudo contenerse. A una dama siempre se le debe respeto y los niños deben aprender a ser educados de pequeños para que sean caballeros de grandes, recordó para sí - ¡Ustedes tienen que aprender a ser caballerosos con las mujeres! ¡Lili es una dama que merece respeto!

Los niños se acercaron unos a otros con ojos asombrados mirando la cara de Adelaida.

- ¿Le estás viendo la cara? -dijo uno sin hacerle el más mínimo caso a las palabras de la enojada joven.

- La tiene llena de cosas -dijo uno arrugando la nariz.

- Su cara parece un majarete lleno de canela molida- dijo el tercero sin poder contener  la risa.

- ¡Qué! - Adelaida caminó hacia ellos hirviendo - ¿Cómo te atreves pequeño cuervo?

- ¡Majarete! ¡Majarete! ¡Majarete!- Comenzaron a repetir una y otra vez los pequeños diablillos huyendo de la cercanía de Adelaida, buscando alejarse y seguir su camino - ¡Galleta con Majarete! ¡Galleta con Majarete!

- ¡Cuervos! Cuervos no ¡Chimpancés! ¡Eso es lo que son! ¡Son unos chimpancés con ropa! - Adelaida estaba muy molesta - ¡Dejaremos que pase el circo y se los lleve!

- ¡Majareeeete! - se escuchó a lo lejos. Luego llegó el silencio. Exactamente no del todo. Adelaida seguía hablando sola, despotricando palabras.

- ¡Cómo se les ocurre llamar a una dama como yo majerete! Esos insectos. Eso es lo que son, ¡orugas de polilla! Una dama no puede estar al nivel de orugas de polilla como esas. ¡Insectos vulgares! ¡Yo soy una dama respetable! ¡Respetable! ¡Y una dama que es respetable no pierde su tiempo con insectos! ¡Cuervos! - como era de esperarse, Adelaida no gritó, una dama nunca lo hace. Sin embargo, su voz era dura y potente, como si los genes de tia Raquel se estuviesen despertando en ella. Se dio cuenta que debía calmarse un poco cuando escuchó sus tacones marfil martillar el pobre trayecto de la inocente vereda. Se detuvo y se dio cuenta que Lili no estaba a su lado. Miró hacia atrás y encontró a la chica de ojos marrones, pensativa con la mirada ida, como si mirara una imagen lejana sobre las piedras del camino.

- ¿Cómo se atreven esos...? grrrr. Pobre Lili - Regresó a buscarla.

- Yo... tengo que irme - le dijo la muchacha tímida apenas llegó cerca a ella. Se dio la vuelta y comenzó a caminar.

- ¡Lili!- Adelaida sintió pena por ella, le pareció un alma tan frágil- ¡Lili! ¿te sientes bien?

La joven de cabello lacio como cortinas, le mostró un gesto que parecía una sonrisa, pero parecía más una tristeza... y apuró el paso. Cruzó la esquina y la dejó sola.

- Lili - sintió tanta pena por la pobre muchacha. Cuantas veces la habrían atormentado esos niños, hijos de satán, a tan frágil dama, pensó. Miró el sobre en sus manos y retomó su camino hasta el cartero. Cuando pasó por la entrada en el lugar donde habían aparecido los tres pequeños, se detuvo a mirar el camino que se extendía empinándose un poco sin poder saber que había más allá. Observó que había un marco de una puerta de hierro, que se veía bastante antiguo en toda la entrada, y en letras cursivas que  habían sido forjadas a cincel y fuego pudo leer lo siguiente: Jardines de Bardolín. ¿Jardines de Bardolín? Siempre había creído que el nombre se refería a los bonitos jardines de las casitas impecables de aquel lugar. No le pasó ni remotamente lejos la idea de conocer los jardines, al ver que el camino era un paso que se abría entre pequeños pastos y arbustos. Esas aventuras no eran para ella.

Se encogió de hombros, caminó hasta el final de la vereda y cuando bajo la mirada hacia la casa que se encontraba al final de unos amplios escalones, se encontró frente de la puerta principal, a Fabián... parecía que la esperaba.

- Hola - le saludó con una inevitable amplia sonrisa - ¿Cómo estas Fabián?

- Bien gracias y ¿cómo te encuentras tú? -preguntó él.

- Yo muy bien - Otra vez se le subió el calor a las orejas, esa era su alarma interna. Contrólate Adelaida, una dama es recatada y controla sus gestos, se regañó mentalmente - Oh... he traído una carta de mi tía abuela. Me ha dicho que te dijera que va en carácter de urgencia.

-  Está  bien. Dile a la Sra. Raquel que sin falta mañana su carta ya estará en el tren camino a su destino- Fabián le respondió presto, pero parecía un poco distraído. Miraba hacia arriba, hacía el final de la vereda donde comenzaba los peldaños, como si esperara a alguien.

- Muchas gracias. Así se lo haré saber - Adelaida sonrió agradecida, sin embargo no pudo evitar notar la oculta inquietud del joven de sonrisa blanca como un rayo- Fabián, te veo algo... preocupado. Disculpa la imprudencia.

- No, no te disculpes - Fabián se apresuró a responderle con amabilidad- No estoy preocupado. Lo que estoy es extrañado.

- ¿Extrañado? - preguntó la joven del sobrero blanco mientras cerraba su sombrilla. El sol ya comenzaba a ceder su reino a la noche.

- Es que... Galleta no ha llegado - Fabián regresó su mirada hacia la vereda.

- Oh... ¿tienes una mascota? - preguntó Adelaida levantando una ceja.

- ¿Mascota? No, no. Galleta es una amiga - el joven sonrió comprendiendo la confusión de la muchacha pecosa.

- Oh... una... amiga... ¿Galleta? ¿Pero no es un nombre raro para una persona?

- Realmente se llama Lilibeth, pero todos le decimos Galleta porque esa fue la primera palabra que dijo cuando era una bebé. En su casa por cariño le dicen Galleta y nosotros en Bardolín también.

- ¡Lili! ¿Te refieres a Lili? - Adelaida comprendió porque los pequeños demonios aquellos le habían dicho "galleta con majarete"

- ¿Ya la conociste? Ella siempre se presenta como Lili. No le gusta su nombre. Prefiere que le digan Galleta -dijo Fabián.

- Venía conmigo, pero unos niños salieron del camino selvático aquel que da hacia los jardines y le comenzaron a croar y a decirle rara - sobre el tema referente a lo de "majarete" se lo reservó. A Fabián no le interesan ese tipo de chismes, se aseguró ella misma.

- Juan, Jorge y Eliezer- Fabián frunció el ceño- nunca la dejan en paz. Un día los atraparé y los enseñaré a ser respetuosos.

- Creo que le afectó mucho porque se quedó de pie, sin decir palabra, luego me dijo que tenía que regresar y se dio la vuelta y se fue.

- Pero es extraño... ella ignora a los muchachos todo el tiempo. Nunca deja de venir los días que dice que va a traer su colección - caminó y se sentó en los escalones cercanos - Si no estuviera tan ocupado la fuese a buscar, solo puedo llevarla cuando va de regreso a su casa. Es tan inocente.

- Si, lo es. Parece una muchacha muy frágil - respondió Adelaida con honestidad.

- Santiago y yo siempre estamos cuidando de ella lo que más podemos.

- ¿Santiago? - preguntó la joven ajustándose suavemente el sombrero, tirando de él ligeramente por el ala.

- Mi hermano menor - señaló con el indice hacia la casa, como si Adelaida pudiera ver a través de las paredes.

- Tienes un hermano. No sabía.

- Es un poco parecido a Galleta en como se comporta. Pero es el mejor amigo que tengo.

- Yo soy hija única - dijo con algo de nostalgia. ¿Cómo sería tener una hermana? - entonces ¿Lili te venía a mostrar una colección?

- Sí. Siempre que agrega una especie nueva, viene a mostrármela - Fabián junto sus manos como si fueran un libro y las miró mientras hablaba.

- ¿Y que colecciona? - preguntó ella.

- Mariposas - respondió él con una admirada sonrisa.

- ¿Insectos? - dijo Adelaida sintiendo un mal escalofrío por dentro. Pero no era  asco por la colección de Lili, sino asco por sus propias palabras.

- Bueno... insectos... se podría decir, pero solo mariposas, de todos los colores y tama... - Fabián se interrumpió al ver la cara de Adelaida.

Ella en su mente no podía borrar el rostro inocente de Lili. Su sonrisa suave, pura y honesta. ¡Mariposas! ¡Que mal  se sentía! ¡Yo y mi boca imprudente! Se puso pálida. Se sintió mal. Porque Adelaida podía ser inmadura, vanidosa, soberbia, pero tenía un alma luminosa. Raquel no estaba equivocada.

- ¿Dónde vive Lili? - Sostuvo la falda de su vestido preparándose para comenzar a subir los escalones y marcharse.

- En la redoma de la fuente - le respondió Fabíán extrañado del cambio de actitud tan raro de la muchacha pecosa - la última casa al fondo, al entrar en el callejón. No te puedes perder. Si quieres te acompaño.

. ¡No!... no. Muchas gracias Fabián, yo sé como llegar. Gracias. Chao, nos vemos. Que estés bien, saludos a tu familia - no había terminado de despedirse cuando ya subía los escalones con prisa ante la mirada confundida del hijo mayor del cartero.

Adelaida caminaba con prisa. Mientras más pronto llegara, menos dolor para Lili. Se sentía tan tonta, se sentía que no era una buena persona. ¿Cómo no medir sus palabras y dejar siempre de estar presumiendo que una dama aquello y que una dama lo otro? No se perdonaba herir a una muchacha inocente. ¿Acaso a costa de su inocencia, en el pasado cercano, no le habían roto su corazón?

 - "Una dama que es respetable no pierde su tiempo con insectos" - repitió con dolor sus palabras- No me refería a ti Lili... mis palabras no iban en ese sentido... ¡Oh Dios!... Lili... me refería a mi... soy yo la que necesita de apariencias para ser respetada... Lili...


No podía borrar de su mente la imagen de Galleta, abrazada feliz a su colección de mariposas.



                                                                                                              Lee Aquí el Capítulo 6