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miércoles, 9 de julio de 2014

Capítulo 10

Raquel estaba inquieta. Iba de un lado a otro, murmuraba cosas, hablaba sola. De un momento a otro se detenía absorta en alguna reflexión para el minuto siguiente seguir dando vueltas como una leona metida en una jaula. No podía evitar tener sentimientos encontrados; rabia, tristeza... culpa. Por más que se alejara en el tiempo, su lejano pasado no parecía tan lejano. Le bastaba dar un par de zancadas para alcanzarla en el momento menos inesperado. Pobre niña, pensaba sobre Adelaida, tanto sufrimiento sin merecerlo. No como ella, que a la misma edad de Adelaida ya había errado el camino y se había lastimado de todas las formas posibles, se había manchado, se había olvidado de sí misma. Y sus pecados parecían haberla perseguido a lo largo de los años, hasta alcanzar de forma insospechada a su sobrina, la que ni conocía, la que quedó vulnerable ante un pecado que no era de ella y como ironía, o como castigo, o como justicia, el destino se la traía precisamente hasta Bardolín para que la sanara, o para que no olvidara nunca su mancha. 

- ¡Guillermo! ¿por qué no estás aquí en este momento? - dijo al aire, como si aquel amado estuviese escondido detrás del éter. ¡Cómo lo necesitaba en ese momento! Fue él quién la miró más allá de su deshonra y miró su alma, ese lugar de ella que nadie había mirado, que nadie se había interesado alcanzar aunque la hubiesen tocado mil veces. Él fue quién la paró frente al espejo para que se amara a sí misma. Ese hombre que el único amor que le pedía era que ella se amara, que lograra ser feliz, y que luego le permitiera compartir esa alegría a su lado. Guillermo tendría las justas palabras para aliviar el dolor de Adelaida, se le ocurriría alguna fábula tonta solo para hacerla sonreír, distraerla de su dolor y hacerla mirar hacia su propia belleza, hacía su propia dignidad. Ella no tenía ese don, ella le tocaba ser más frontal, más dura, más áspera, pues la vida le curtió el espíritu, la entrenó para mantenerse de pie mientras el mundo la señalaba, la reducía, la repudiaba... 

Sí, Adelaida era una tonta fierecilla comparada con la Raquel de los años mozos. Si su sobrina había levantado corazas, ella había construido fortalezas en torno de sí y no dudó en disparar su artillería contra todos aquellos que quisieron ser jueces de su felicidad. La dama de damas. Llegó a ser más respetada, que las más respetable de todas las damas de la ciudad. Logró ser impecable, incuestionable, soberbia, intrastocable. Una mujer de acero, temida o respetada, no le importaba la diferencia, pero el mundo tendría que reconocer a Raquel Lamuza como a una dama, y no como a una dama cualquiera, sino como a una que se lo ganó a pulso. Con la misma inimaginable fuerza, la que hace de un simple carbón mineral un magnífico diamante. Pero terminó descubriéndose engañada por ella misma, se convirtió en algo peor de lo que era, no le perdonó a nadie que la señalaran, odió a cambio de tener paz... si no hubiera sido por Guillermo... si no hubiera sido por él, ella no hubiera tenido nunca una referencia de lo que era amor verdadero. Él, con su bondad le hizo descubrir por sí sola que era una simple oruga... no un diamante... una simple oruga devorando su propio rosal. Él vio en ella una pureza que ya no sentía en sí misma, en la que ya no creía. Fue el único que no cuestionó su pasado, es que Guillermo tenía un alma luminosa, y le enseñó a ella a encontrar su propia luz. Un alma luminosa siempre lo resuelve todo. 

Se llevó las manos al pecho abrazando nada, abrazando el vacío pero con fuerza. Lloró. Lamentó no tener un alma luminosa, el destino se lo recordaba. Por primera vez se sintió anciana, débil. ¿Nunca me perdonarás Dios Padre? Habló en su alma mirando hacía el techo como si fuera el cielo, como si Dios la mirara desde el cenit. Se sentó frente a su mesa redonda, se recostó en ella sobre sus brazos cruzados y trató de mirar a Guillermo en sus pensamientos, trató de oírlo de nuevo, de aprender de él una vez más. ¿Que harías tú Guillermo si estuvieses aquí? Pero no lo alcanzó, la culpa que sentía alejaba tantas cosas positivas lejos de su corazón. Levantó la mirada y miró a Jazmín, con su cara medio sonreída, con su gesto de "me importa un rábano". Caminó hasta ella y la tomó en brazos. 

- Oh... te pareces a Adelaida - logró sonreír dentro de su pena, dándose cuenta que su muñeca  pelirroja, con un rostro lleno de pecas por todas partes, sobre todo en las mejillas, ojos negros, blanca, tenía un parecido gracioso con Adelaida... y con Jazmín... se le hizo obvio de pronto que se le pareciera. Y otro dolor le dio nueva estocada en la misma herida antigua. Jazmín. 

Se sentó una vez más frente a su mesa amada con la muñeca en manos. Cuantas horas, años realmente había visto ese pequeño rostro de porcelana imaginando lo inimaginable. Sostuvo un penacho del cabello de Jazmín... era su cabello... lo acarició cómo si fuera la primera vez, cómo sí Jazmín fuera realmente Jazmín. Pero no lo era, lloró en silencio. ¿Nunca dejaría de doler? Ni Guillermo ni Jazmín... estaba sola... sola en el mundo... muy poco duró la compañía en su vida, aunque el amor se le quedó en el cuerpo permitiéndole vivir tantos años... sin ellos...

- Jazmín... - sollozó a la muñeca - ¿Por qué te fuiste y me dejaste sola?

La muñeca le respondió lo único que podía expresarle: "Me importa un rábano" 

- ¿Por qué Dios me castiga aún? - abrazó a la pequeña niña de porcelana y tela. La verdad que lo que abrazaba era un recuerdo, uno muy en particular. E hizo lo único que sabía hacer para recuperar su equilibrio, su paz. Se descalzó y se soltó el cabello y caminó hasta el jardín central de la casa y se paró sobre el césped. Cerró los ojos. Y se convirtió en su propio recuerdo. Una vez más ella era Jazmín, caminó hasta el arbusto de cayenas y escogió las flores más grandes. Una vez más recogió su cabello con ellas, respiró profundo y sonrió... y bailó, danzó, se movió en un vals silencioso y de pronto, como si necesitara de ello como la bocanada de aire que trata de atrapar un desdichado  que se ahoga, comenzó a cantar el soneto de Guillermo:

- "Mi corazón es de satén y sabes quién soy... Soy tan pequeña que no me ves... y tan grande para saber donde estoy... Tú llevas cayenas en el pelo... Yo estoy descalza sobre la grama... Estos jardines son tuyos enteros... como yo, el que tanto te ama..."

Lo cantó varias veces, danzó y rió. Hasta que su alma pareció centrarse en su eje por fin. Donde la Raquel de acero, se sostenía como un bordón para erguirse de pie, para fortalecerse, para vivir un poco más. Quizá era demencia, quizá era justicia, pero Raquel sentía que en esos momentos le permitía a Jazmín volver y bailar con su cuerpo, peinarse con sus plateados cabellos, de sentir la hierba fría en la noche, con sus cansados pies. Cómo si le cediera en compensación minutos de su propia vida. Sólo los ángeles saben si Dios lo cumplía así. Lo cierto es que Raquel se vivificaba en ese rito típico de un loco. Seguía sintiendo culpa, pero su alma podía tolerarlo ahora un poco más, no podía engañarse, se sentía responsable por el triste pasaje de Adelaida, de cómo el amor en su momento más intenso, le supo solo a dolor. No era justo que a tan bella muchacha se le juzgara por un pecado que nunca cometió. Que la engañaran en nombre de un estúpido apellido y que fuera más importante que fuese una dama que una mujer verdadera dándose con amor. Su temple le hizo efervescencia en la sangre por fin y pudo reencontrarse con sus recuerdos sobre Guillermo pero con mayor sabiduría. Ya sé mi amado que harías tú, pensó decidida, confiarías en mí, me dirías que quién mejor que yo para levantar a Adelaida de su destierro interno. Confiarías con pleno amor que yo puedo ayudar a Adelaida al mejor estilo de Raquel Lamuza, la dama de damas. Simplemente una mujer.

Abrió la puerta de la habitación de su sobrina y entró casi punta en pie y la miró con compasión mientras la pecosa dormía. Un ángel que le han lastimado las alas, eso le parecía mientras la veía dormir. Pero mañana sería otro día, había un alma que sanar y ella haría todo lo que fuese necesario para que Adelaida recobrara el norte, la felicidad verdadera que se merecía. Así, ella no es que pagaría su deuda, sino por el contrario, que nunca más ni una sola Lamuza, ni  Castelán, ni Buendía, volvería a ser humillada ni juzgada sin ponerse en balanza el verdadero peso de su corazón y de su alma. Un Villafranca Andueza, ni ningún otro  valdrían más que un corazón puro, que una mujer pura que lo sobrepasó todo por el amor en el que creía. Raquel estaba dispuesta a convertir en Adelaida no en una mujer de acero, sino en una mujer feliz. Un alma feliz es intrastocable, ella lo sabía. Guillermo y ella fueron felices... Jazmín fue la más feliz.


Se retiró en silencio, sigilosamente y se dispuso irse a dormir que la noche ya no era tan joven. Y el amanecer tenía que ser eso, un amanecer; pero lleno de una nueva luz para Adelaida, un amanecer que traería un nuevo día para vivirlo al máximo, un día en el que el Sol de ahora en adelante saldría vivificante para Adelaida. Pero se equivocaba, y mucho...



el Sol brillaría para ella también.




                                                                                                        Lee Aquí el Capítulo 11