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sábado, 19 de julio de 2014

Capítulo 11

Amaneció.

El sol una vez más con sus pinceles celestes llenó de matices las habitaciones de la jovial casa de Raquel. La brisa de marzo mecía las trinitarias y rosas del jardín en un vals donde los aromas silvestres entraban como bailarinas dando vueltas por todo el lugar. Las avecillas cantaban con sus gargantas de flauta serenatas mañaneras, donde parecían invocar a la alegría como una bendición sobre todo Bardolín. Un suave haz de luz, que entró sumiso entre las cortinas, besó la pálida frente llena de pecas de Adelaida, aquel tibio calor la sacó de su sueño con delicadeza cómo si el susurro de un amante la llamara. Entreabrió sus ojos, sin moverse en lo más mínimo, y miró el poderoso destello que titilaba desde la ventana entre las cortinas. Se incorporó con pesadez y se sentó entre las sábanas mirando hacia la ventana cubierta por gruesas cortinas que mantenían parte de la noche aun atrapada en aquel aposento. Nunca le había dado importancia a esa ventana, pero ese día la había despertado un beso del sol, ese día tenía necesidad de bañarse con luz. Se sentó al borde de la cama y puso sus pies desnudos sobre la pequeña alfombra al lado de sus pantuflas y por un momento pasó por su mente el deseo de ser libre, tener la libertad de no necesitar sus zapatillas. Una dama vale por sí misma, recordó lo que le había dicho la tía Raquel días atrás, aquella mañana en que conoció al señor Gerónimo. Se rodó hacia un lado apartándose de la alfombra y sus pantuflas. Posó con suavidad sus menudos pies sobre el frío piso, y se puso de pie. No pudo apartar el pensamiento de aquella noche frente al chalet, sus pies desnudos sobre la fría caminería de piedra que recorrió por amor. Sin embargo, a pesar de su corazón conmovido por sus memorias, no se dejó abatir. 

Cerró los ojos y suspiró hondo. Y así dio un paso en dirección a la ventana, un paso que no fue fácil, que le apuñalaba desde sus paradigmas, desde todo su pragmatismo. ¡Una dama no debe! le gritaba una voz interna. Una dama no debe, repitió en sus pensamientos. Pero ¿qué es una dama? se cuestionó en el segundo paso, que le dolió menos. ¿Una dama es lo que ven todos? dio el tercer paso. ¿O una dama es lo que es? Se detuvo. Miró sus pies, con cierto desdén, cómo si hubiera aprendido ese gesto de la Raquel descalza sobre el césped el día que llegó a Bardolín. 

- Heme aquí sobre este modesto suelo ¿Soy o no soy una dama? - se dijo a sí misma. Se rió a solas, le parecía que imitaba a su tía. Dio otro paso sonreída. 

- Sí, sí lo eres - dijo remedándose a propósito, recordando el día en que conoció a la dama de damas. 

- Lo que hace a una dama ser dama, no es estar descalza, es no decir mentiras - dijo en el siguiente paso tratando de imitar la voz de Raquel. Volvió a reírse con gracia de aquello. 

Y cómo si se hubiera olvidado que estaba con los pies desnudos caminó graciosamente hasta las cortinas que separó con decisión. Las sombras huyeron de la habitación como fantasmas espantados por el rostro de Dios. La luz del sol lo llenó todo. Adelaida tuvo que cerrar los ojos de pleno ante tan desbordante entrada del día y cuando por fin pudo aclarar la mirada, lamentó tanto no haber apartado esas cortinas antes. Tantos días que llevaba en Bardolín y se había privado de la vista que tenía hacia el jardín y la vereda principal. Aunque gran parte de la visibilidad se la quitaba el gran arbusto de trinitarias blancas que estaban justo en el rincón cerca del rosal de tía Raquel. Rosas rojas como hechas con sangre apasionada, como los labios de una mujer deseosa de besar la vida. Las avecillas revoloteaban entre las ramas y canturreaban en cada vuelo. Pero lo que más amó en ese momento fue el abrazo que la daba el sol junto a las frescas caricias de la brisa. Su cabello se mecía rozándole las mejillas mientras su rostro dibujaba una expresión de paz, de satisfacción. Sonreía hermosamente. Cerró los ojos en un intento de grabar todas esas sensaciones consigo, llevárselas a flor de piel, para que no se le acabaran nunca. Pero de pronto escuchó una aparatosa caída frente a su ventana, del lado de afuera en la vereda. Algo metálico había dado sonoros tumbos por el suelo hasta detenerse detrás de las trinitarias. Adelaida saltó de la impresión por todo aquel sonido metálico que de improvisto la sacó de su ensoñación y con ojos tan abiertos como la ventana, trataba de ver entre el tupido cuerpo de las trinitarias que era lo que había sucedido. Escuchó como si alguien se paraba de prisa, pudo entrever que era un hombre, o un muchacho, que se subía a una bicicleta y que reanudaba velozmente su viaje como si quisiera huir del lugar y de la vergüenza de haber caído tan escandalozamente. Miró hacia el lado derecho hacía la entrada del jardín y vio a Raquel que se había acercado hasta la verja a ver que era todo aquel desastre. El gesto de su tía abuela la llenó de curiosidad, al verla allá afuera meneando la cabeza de un lado a otro murmurando cosas, mientras de seguro veía alejarse a aquella persona que se había estampado contra el suelo de la vereda frente a su ventana. Cómo acto reflejo Adelaida se puso sus pantuflas y salió rápido de la habitación en búsqueda de Raquel.

- Se lo he dicho un montón de veces - decía para sí misma la anciana meneando la cabeza entrando a la casa -. Le he dicho que terminará matándose en el aparato ese. 

- Tía buenos días... ¿Qué fue lo que pasó? ¿quién se cayó allá afuera? - preguntó Adelaida intrigada. 

- Ese muchacho... Buenos días mi niña... ¡Cuántas veces se lo he dicho! - Raquel no parecía salir de la impresión. 

- ¿De quién habla tía? 

- ¡Santiago! Ese muchacho anda con un pie en un pedal y el otro en una nube - dijo la anciana como si perdiera la fe en aquel joven -. Es muy listo para todo, muy hábil, pero cuando se monta en esa bicicleta, con el más mínimo descuido termina enroscado en un árbol, o metido en la fuente de cabeza.

- Ay tía, que dice - Adelaida se sonrió graciosamente. 

- Lo vieras mi niña montado en ese aparato, pareciera más que la bicicleta lo montara a él que él a la bicicleta -. la muchacha pecosa dejó oír su risa, iluminando su rostro con su sonrisa completamente. Raquel le sorprendió tanta luz en su sobrina, le alegró ver que se había levantado de tan buen talante. 

- En serio, Adelaida. Una vez en una pendiente que hay cerca de los jardines, todos los muchachos se estaban divirtiendo lanzándose con sus bicicletas, hasta que llegó Santiago - la anciana tenía una expresión llena de sátira en la cara, quería seguir provocando la risa en su sobrina. Amaba el sonido de la risa de Adelaida - Bueno podrás imaginarte que llegó primero Santiago abajo que la bicicleta que venía detrás de él dando vueltas.   

- Será torpe, tía - dijo Adelaida, rieron juntas.

- No amor, torpe no es. Es muy inteligente, muy servicial. Si alguien necesita ayuda, ahí está Santiago - le respondió Raquel mientras se secaba las lágrimas risueñas de los ojos. 

- ¿Pero se habrá lastimado? - la muchacha pecosa imaginó que caer sobre las piedras de la vereda debía ser muy doloroso.

- Eso si tiene Santiago, la cabeza dura. 

- Usted no habla tan bien de él cómo de Fabián - observó Adelaida aun sonreída, pensando que Santiago era muy escurridizo también; nunca lo había visto y siempre lo escuchaba mencionar en los sitios que había visitado en Bardolín. Ni en las pocas ocasiones en que había ido con Lili ha conversar con Fabián frente a su casa había coincidido con él. 

- Fabían es un pícaro y Santiago es un ángel - parecía como si Raquel pudiera mirarlos a los dos uno al lado del otro de pie frente a ella -. Y hablando de Fabián ¿no te has reunido a hablar con él? Es muy buen conversador. 

- De vez en cuando he ido con Lili cuando ella lo visita. 

- ¿Lili lo visita? - la anciana arqueó las cejas por lo alto. 

- Sí. Le muestra sus mariposas. 

- Mira que inteligente esa niña - Raquel pareció meditativa por un segundo.- Tan tímida y nunca pensé que diera por fin el paso. 

- ¿Qué diera el paso? - preguntó la joven llena de curiosidad. 

- A ella se le nota por los poros que gusta de Fabián. Pero él es tan espontáneo y ella tan introvertida que pareciera que están lejos de entenderse. 

- Usted se sorprendería si los viera hablar entonces - Adelaida sonó algo triste. Cómo nostálgica .- Ella no deja de hablar. Y él, la escucha con mucha atención. No le pierde ni una palabra. 

- Entoces ¿Fabián...? - su tía abuela le dejó la pregunta obvia en el aire. 

- Sí tía. Fabián se le nota que le gusta Lili. 

- ¿Pero no se lo ha dicho? - preguntó con un gesto gracioso la dama de damas.

- No. Pareciera como si temiera asustarla. 

- Típico, el amor hace tímido al hombre y espontánea a la mujer - rió Raquel .- Si lo tiene fácil. En Bardolín un hombre se le declara a una mujer dándole una serenata. Él debe traerle rosas y ella darle cerezas. Y cómo ya estamos cerca de la primavera, ya viene la temporada de cerezas y los cerezos de los jardines estarán a más no poder. 

- ¿Hay cerezas en los jardines? - dijo Adelaida con cierto espabilamiento. 

- Sí, hay cerezos. Muchos - sonrió la anciana. Sus amados cerezos que a través de los años fueron los testigos de su amor y de tantos otros amores en Bardolín.

- ¡Amo las cerezas! - exclamó la muchacha pecosa entrelazando las manos -. Las comería hasta reventar. 

- Bueno, esperemos que no dejes sin cerezas a las muchachas del pueblo, que las dejarás solteras - le respondió su tía abuela. 

- ¿Solteras? ¿Que tienen que ver las cerezas con que se queden solteras? - dijo Adelaida, mientras en el fondo no le gustaba la idea de tener que dejar de comer alguna cereza para que alguna bardolideña pudiese casarse. Cómo si eso tuviese sentido. 

- Cuando el pretendiente le trae la serenata a su pretendida, le trae rosas y ellas las recibe, y dependiendo de cómo ella lo quiera le dará una, dos o tres cerezas. Tres cerezas es ¡acepto tu amor! - Raquel parecía muy emocionada recordando todas esas costumbres de Bardolín. 

- Es raro tía... - Adelaida torció la cara .- ¿No es mejor decirlo de frente y listo?

- A veces las palabras no son tan precisas como estás cosas Adelaida. De verdad que tienen su encanto y su misterio. Podrás ver que en los hogares más duraderos, en los jardines tienen cerezos. Son las tres cerezas que las mujeres han dado a sus hombres y las han sembrado juntos en sus jardines. Son los matrimonios que más han durado, será que el amor es cómo una semilla de cerezo que hay que regar y cuidar mucho para que crezca. 

- ¿Y si la mujer quiere decirle que sí pero no tiene cerezas? - dijo Adelaida mirando al techo pero sin verlo, pareciéndole todo aquello muy inútil. 

- Entonces no sale, no responde a la serenata y al día siguiente ella lo busca a él y lo lleva a los jardines hasta los cerezos y ahí le da las cerezas. 

- ¿Y si los cerezos no tienen cerezas? 

- Adelaida ¿y si mejor les cae un rayo?

- Tía, sólo pregunto porque me parece tonto que no puedan decírselo personalmente. Que tengan que darse tres cerezas. Pensé que me iba a decir que si no habían cerezas se daban otra fruta - respondió la pecosa sonreída por la respuesta de la anciana. 

Raquel la miró en silencio y sonrió con malicia, y caminando hacia la cocina le advirtió:

- Ruégale a Dios que no suene una serenata en tu ventana un día de estos. Ruégale que haya cerezas en casa. 

- Por favor tía ¿Quién me va a dar serenatas a mi aquí? - le cuestionó mientras comenzaba a seguirle los pasos. 

- Medio Bardolín, Luisa Adelaida - le respondió mirándola por el rabillo del ojo -. Todos los muchachos de Bardolín viven comentando de la "bonita y refinada sobrina de Doña Raquel". 

Adelaida no respondió nada. No podía negar eso, todo el pueblo parecía conocerla y ella no conocer a nadie. Metió el entrecejo con la idea. ¿Una serenata para mi? pensó, ¿quién se le iba ocurrir llevarle una serenata a ella, si el más popular chico del pueblo no se atrevía llevársela a su enamorada? 

- Les echo agua - terminó murmurando al final. 

- ¿Mmm? - se volteó Raquel hacia ella. 

- Les echo agua -  la pecosa volvió a repetir. Raquel soltó una carcajada, mientras se detenía a mirar la expresión que tenía en la cara Adelaida. 

- Lo único que detiene a un muchacho enamorado en Bardolín son las cerezas.  

- Eso es porque no han conocido a Luisa Adelaida Castelán Buendía - dijo la pecosa cruzando los brazos.

- ¿A la que muere por las cerezas? Mucha suerte mi niña. 

- Deje que me conozcan para que vean - retó Adelaida a toda aquella idea tradicionalista de Bardolín. Podían venir todos los bardolideños con todas sus serenatas y dejar al pueblo sin rosas, pero ella a la única persona que le daría cerezas sería a ella misma. Raquel se le acercó y la miró con cariño y le puso en las manos un pequeño plato con tres cerezas en almíbar y le musitó:

- Deja que conozcas el amor para que veas. 

Adelaida sonrió tristemente mirando a los ojos cándidos de su tía abuela. ¿Acaso no había conocido ya el amor, el que entregó más allá de cualquier cereza de ritual? ¿Aquello no era amor? ¿entonces que era lo que le había dado Joshep, o lo que le entregaba ella? ¿qué fue lo que le dio ella acaso? ¿no fue su amor, o solo le había entregado su virginidad, en una hora vacía, llena de nada? Ella lo amó más que nunca esa noche, en aquel jardín. Por eso fue tan lejos, tanto que dejó de ser una dama porque serlo en ese momento no le permitía entregarse al hombre que amaba, y así, con dolor, con temor, con lo que ella sentía como amor se abandonó en él. Pero... ¿por qué el amor tuvo que dolerle tanto? ¿Ser el principio de su propio fin? ¿Por qué cuando más amó fue odiada por el mismo que más amaba? ¿Conozco el amor? se preguntó, y ante el silencio de su alma, se entristeció mucho más. Raquel percibió el hundimiento interno de Adelaida, y sin dudarlo la abrazó con mucho cariño, en un gesto tan maternal que casi alivió en el acto toda la pena que sentía la pecosa. 

- Vamos, no te me pongas triste de nuevo. Si quieres le mando a decir a Santiago que venga para que te de un paseo en bicicleta -. dijo Raquel como si fuera una gran idea. Adelaida casi salta de la impresión. 

- ¡No! - Adelaida miró a los ojos de su tía tratando de comprobar si hablaba en serio o le tomaba el pelo. Al ver la mirada graciosa de Raquel no le quedó más que sonreír. En brazos de ella, sonriendo junto a ella, se descubrió queriéndola. Que rápido había comenzado a llevarla en su corazón, a esa anciana que días atrás le parecía su enemiga. Que le daba la impresión que se burlaba de ella comparándola con una muñeca. 

- El amor para unos llega suave como la brisa, a otros el amor llega aparatosamente como un derrumbe, pero cuando llega, mi niña Adelaida, no avisa ni el día ni la hora. No te desanimes, que el primer amor que encontrarás en Bardolín será el amor a ti misma .- dicho esto la besó en la frente y con un gesto la invitó a comerse las cerezas en almíbar. La muchacha pecosa agradeció las palabras de su tía abuela y saboreo una cereza haciéndola girar suavemente en su boca. Amaba el sabor de las cerezas. Al pensarlo mejor se dijo en secreto que para ella, las cerezas podían ser un perfecto símbolo de amor. Probó otra y sonrió. Estas cosas tienen su encanto y su misterio, le dio la razón a Raquel en el silencio de sus pensamientos. 




No muy lejos de ahí, un joven intentaba enderezar la rueda delantera de su bicicleta. Hace solo un momento, cuando pasaba frente a la casa de Doña Raquel, en una de las ventanas de esa casa, tropezó tan aparatosamente con el amor que no pudo evitar caerse de la bicicleta. De entre esas personas que les llega el amor como la brisa o como un derrumbe, él era de las segundas. Recordó que todos le habían dicho que la sobrina de Doña Raquel era "bonita y refinada" Que cortos se habían quedado, pensó, ¡Es hermosa como un ángel!

Y aunque se lo había escuchado decir una que otra vez a Galleta y a Fabían, y a uno que otro habitante de Bardolín, nunca lo había pronunciado él, y cuando lo hizo el corazón le latió fuerte como nunca lo había hecho:


- Adelaida... 


                                 

   
                                                                                                    Lee Aquí el Capítulo 12