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jueves, 24 de julio de 2014

Capítulo 12

Los tres vehículos se detuvieron a las afueras de Bardolín, cerca a la entrada principal. Se bajaron todos sus ocupantes y comenzaron a caminar hacia el arco de la vereda principal para entrar al bondadoso pueblo lleno de casas blancas y de colores claros, vivificadas por las flores de sus jardines y losas variopintas de sus caminerías. Entrar por sus angostas veredas por donde no cabía una carreta de un solo caballo daba la impresión de pasar de un mundo a otro, por el ambiente romántico que exhalaba cada rincón de aquel lugar. Parecía la morada donde la paz iba a esconderse del mundo cuando este estaba en guerra. Pero en particular a él le perecía marginal, opaco, demasiado plebeyo e inútil. Debajo de todas aquellas casas estaba la mayor riqueza de todas esas tierras. Riqueza que sentía le pertenecía por derecho, que estaba a punto de recuperar en nombre de la familia; él tendría las mayores utilidades sobre la posesión de cada metro cuadrado de tierra. Nadie se había esforzado como él y su hermano Mateo, para recuperar lo que debía estar en manos de ellos, por tradición, por descendencia, por derecho absoluto. Sino hubiera sido por el senil de Gran Papá todas esas extensiones de parcelas estarían en sus manos, produciéndole mucho dinero. El tío Vicencio lo intentó en el pasado, trajo maquinarias y buscó yacimientos de lo que se estaba comenzando a conocer por todo el mundo como el oro negro. Petróleo, pensó como si pudiera saborearlo, pero Gran Papá dijo que estaban destruyendo sus riveras amadas, que no permitiría que convirtieran aquel hermoso lugar en otra mina más y redactó el nefasto documento que los privaría de tales riquezas, por lo menos 44 años. Pero ya no más, el tiempo había pasado y era hora de recuperar lo que nunca debieron quitarles, ya Gran Papá no estaba y solo los separaban semanas de volver a ser los dueños de todas las extensiones donde hacía vida el pequeño pueblo de Bardolín y sus fantásticos jardines. Miraba con desprecio mirara lo que mirara. Imaginaba como los vería caer a pedazos, como dejaría todo aquello convertido en escombros. Era medio día y Bardolín parecía un pueblo fantasma, le pareció un pueblo de vagos, un pueblo sin vida. Sin embargo era típico de Bardolín que las horas del almuerzo fuesen silenciosas, las familias estaban reunidas en torno a sus mesas disfrutando de sus alimentos y de la compañía de los suyos. 

- ¿Quién irá donde Raquel? - le cuestionó Mateo alcanzándolo esquivando a algunos de los que los acompañaban. 

- Tú, obviamente - le respondió sin mirarlo, escrutando todo a su alrededor -. Yo no pondré un solo pie en la casa de la mujerzuela esa, sino solo para verla en ruinas. 

- Lo irónico León, es que ella está aquí gracias a tu padre - le machacó molesto Mateo. 

- ¿Gracias a mi...? - se detuvo y lo miró con ojos encendidos - Gracias al idiota del tío Guillermo es que esa... arrastrada está aquí.   

- Sí, pero gracias a tu padre fue que la conoció.

León guardó silencio, no podía debatir eso. Maldecía casi todos los días de su vida el momento en que aquello sucedió. Se giró hacía Mateo de nuevo y lo miró aun con mayor enojo:

- No estamos aquí para recordar el pasado. Estamos aquí para recuperar lo nuestro. 

- Estoy de acuerdo, pero como yo soy el que va a tener que hacerle cara, su casa me pertenece. Me la quedaré como un trofeo - Bufó Mateo unos pasos más atrás de él. 

- ¿Su casa? - la voz de León sonó llena de burla - No quedará ni una sola casa de pie. Todo esto se convertirá en una zona productiva, no en una aldea de vagos y mujerzuelas. 

- Hablas como si todo fuese a ser tuyo y solo se fuese hacer lo que deseas. Recuerda que somos 21 herederos en total - Mateo le recordó. 

- Sí claro, de los cuales tú y yo hemos sido los únicos que hemos luchado por años por lo que es de toda la familia. Si quieres te quedas con su casa, con ella, lo que te de la gana. Me interesan más los pozos. 

- No creas, estoy aquí por lo mismo. Pero tampoco estaría mal conservar alguna de estas casas para vacacionar o para tener donde estar mientras hacemos los trabajos necesarios - dijo Mateo mientras se sacaba el sombrero y se sacaba la frente con un pañuelo, bajo el cálido sol de Bardolín.

- Me da igual. La única casa que conservaré es La Mansión Bardolín. Espero que estos pueblerinos no la hayan saqueado - gruñó León.

Sin embargo La Masión Bardolín estaba tal cual cómo había quedado la última vez que Mateo había venido. Nadie en el pueblo sentía mucha simpatía por esa gran casa, la que decían estaba llena de fantasmas pesarosos y mal humorados. Entraron a ella y cada uno buscó sus habitaciones, entre hombres y mujeres. Mateo no entró, se quedó de pie fuera, esperando que León le informara en que condiciones estaba todo, el que desde adentro le hizo un gesto con la mano haciéndole entender que podía irse. Miró hacia el final de la vereda principal, en particular a él le gustaba Bardolín, y que llevase como nombre su apellido. Entendía porque Gran Papá siempre quiso conservarlo todo como estaba, aunque el pueblo había crecido desde entonces, de aquella época que solo era un caserío rural cerca de los pozos. Comenzó su andar hacia la casa de Raquel, esa mujer que de una forma u otra se había ligado a la historia de todos ellos, incluso de la suya. No precisamente Raquel, pensó, no precisamente ella. Recordaba que hubo una época que estuvo muy cerca de quedarse a vivir en Bardolín, enamorado de una muchacha que cómo él pasaba unos días de veraneo en aquel lugar. Se juraron amor, se prometieron el cielo y la tierra, estuvieron en los cerezos, pero la familia alzó el grito por todos los aires cuando se enteraron de esa relación. Y su padre, Vicencio Bardolín, lo vino a buscar personalmente, el que juró que no volvería a poner un pie en una sola vereda del pueblo, después que Gran Papá lo corriera de ahí por considerar que estaba destruyendo todo el lugar con sus máquinas en busca de un petroleo que nunca brotó. Sin embargo vino, recordó Mateo, a pesar de su juramento vino por él a llevárselo prácticamente a rastras, para alejarlo de aquella muchacha de mala sangre, indigna de él. La recordó, recordó el rostro de su antigua enamorada, la recordó justo en el momento que pasaba sobre el sitio donde ella se detuvo a mirarlo por última vez, con su cabello negro suelto al aire, sus manos al pecho, sus ojos llenos de lágrimas, mirándolo a él que en ese momento estaba asomado en lo alto, en la ventana de su habitación, en La Mansión Bardolín. Mientras ella lo miraba con tristeza, recordó que Raquel se acercó y se mantuvo cerca de su amada, pero no jalo de ella, no le impidió que su enamorada lo mirara desde la distancia. Sabía que Raquel nunca se había opuesto a ese amor. ¿Por eso querría conservar su casa? ¿por algún especie de recuerdo de gratitud quería mantenerla en pie? Apartó esas ideas de su cabeza. El tiempo ya había pasado y Raquel y él ya se habían enfrentado lo suficiente cómo para no estar en paz el uno con el otro. Pero aunque nadie lo sabía, aunque se lo ocultara incluso así mismo, él era el que más regresaba a Los Jardines de Bardolín porque deseaba, sí Dios se lo permitía, volver a ver a su antigua enamorada, que por alguna casualidad del destino volvieran a cruzarse, coincidir una vez más en ese lugar, solo una vez más. 

Se detuvo frente la casa de Raquel y miró la puerta siempre abierta de la dama de damas y sonrió. Todo está como siempre, pensó. Abrió la pequeña puerta de la verja del jardín y pasó y caminó hacia la casa como si viviera en ella. Adelaida venía de la parte de atrás de la casa cuando lo vio parado en medio de la sala observando todo, el corazón de la muchacha dio un respingo. Se dio la vuelta rápido en busca de su tía abuela. Mateo alcanzó verla de espalda avanzando con paso veloz hacia dentro de la casa.

- ¡Señorita! - intentó llamarla, pero Adelaida no se detuvo. 

La muchacha pecosa llegó nerviosa donde Raquel con un gran gesto de preocupación en el rostro:

- Tía hay un hombre metido en la casa, está en la sala. Cuando iba hacia allá lo vi de pie en la sala - le dijo temblando. Sin embargo Raquel no pareció sorprenderse, sabía que pronto ese momento llegaría. Ya su amigo Gerónimo se lo había advertido, sabía que Mateo aparecería, como siempre, de pie en la sala de su casa. Se levantó del asiento donde estaba sin mucha prisa, pero Adelaida vio que su tía era de nuevo de acero, su expresión era suficiente para hacer poner de rodillas a un ejército. 

- ¡Buenos días! - dijo Mateo con una gran e hipócrita sonrisa viéndola venir por donde Adelaida había desaparecido un minuto antes.

- ¿Qué quieres Mateo? Ve al punto de una vez - le gruñó Raquel. Adelaida se mantenía detrás de ella, sintiéndose resguardada, a la vez llena de intriga al ver que no era un desconocido para su tía. 

Mateo inclinó la cabeza buscando ver mejor el rostro de Adelaida, ignorando por completo a Raquel. Detalló su rostro, miró sus pecas y su cabello rojizo, se estremeció. La señaló con su bastón y dijo:

- Se parece a Jazmín - esa observación sacudió a Raquel por dentro y a Adelaida la llenó aun más de dudas. ¿Quién es Jazmín? ¿Por qué siempre me comparan con ella? pensó metiendo el entrecejo. 

- Es mi sobrina. Es la hija de Betania - respondió la dama de damas como si le lanzara un puñal. Los ojos de Mateo se abrieron de par en par mirando a Adelaida una vez más. La miró con asombró, pero le sintió cariño. 

- La hija de Betania - dijo para sí mismo. 

- Así que si te atreves acercarte a mi sobrina siquiera un paso más y tratar de hacerle el más mínimo daño, caminaré sobre tu cuerpo vacío, sin vida, hasta que tus huesos sean polvo - Adelaida se asustó de todo lo que dijo su tía abuela ¿hacerme daño? ¿caminar sobre su cuerpo sin vida? Se acercó a Raquel  ocultándose totalmente detrás de ella, como si fuera un muro. 

- Tía tengo miedo - le murmuró temblando. 

- ¡Oh Raquel! ¿Cómo dices esas cosas? La muchacha va a pensar mal de mi - le dijo como si fueran dos grandes amigos. ¿Lastimar él a la hija de alguien? Nunca, menos a la de Betania, su antigua enamorada. 

- Solo di a que has venido esta vez y retírate de mi casa - Raquel parecía segur siendo un sable filoso apuntado hacia Mateo. 

- Esta bien - Mateo regresó a su actitud altanera -. Quería saludar primero, pero como insistes, esta bien... vine para recordarte que vayas recogiendo tus cosas, que entre pocas semanas esta casa ya no podrás ocuparla. Sé que lo sabes, yo solo te lo recuerdo. 

Después de haber soltado esas palabras, en el fondo sintió algo de culpa. Raquel era una anciana que no tenía donde ir, que toda su vida la había pasado atada a sus recuerdos en aquella casa, en aquel pueblo. Un pueblo que era más producto de ella que de cualquiera otra persona. Los Jardines de Bardolín tenían más de Raquel Lamuza que de todos los herederos de Gran Papá Bardolín juntos. Y también la hija de Betania, esa chica de apariencia frágil y hermosa como un ángel de fuego por sus cabellos rojizos como un penacho del sol, lo conmovían. Empujó esos pensamientos lo que más pudo lejos de él y se obligó a creer que la vida no es justa. La misma Raquel podría darle la razón. 

- El que va a recoger sus cosas y regresar de donde vino eres tú. De esta casa y de este pueblo me sacan muerta - Adelaida la abrazó desde atrás, aquellas palabras tuvieron otra dimensión para ella, no le sonaron nada parecido a cómo cuando su tía abuela se las dijo a Gerónimo días atrás. Supo que Raquel hablaba en serio, que estaba poniendo su propia vida como garantía de sus palabras. 

- Por favor Raquel. ¿Tienes el documento firmado en tus manos? - la apuntó con su bastón como lo había hecho con Adelaida hace un momento atrás. La anciana de acero, se mantuvo en silencio. No tenía nada que responder. 

- Eso es lo que te digo - retomó la palabra Mateo.- Seamos honestos, han pasado 44 años y solo en pocas semanas se vencerá el plazo estipulado por Gran Papá en su testamento, sin tu firma en ese documento... es más, sin el documento pierdes todo derecho de estar aquí el día en que se cumplan los 44 años justos. Y sólo faltan días, en todos estos años no conseguiste donde tío Guillermo dejó el documento no lo harás justo ahora. Lo sabes... Quizá quedaron bajo las piedras de la mina de cobre aquel... 

- ¡Infeliz...! - Raquel alzó la mano queriendo alcanzarlo con una bofetada, la voz le sonó llena de ira y de dolor, pero poco pudo avanzar por tener a Adelaida abrazada por su cintura desde su espalda. 

- Tía - le imploró la muchacha pecosa, haciendo de ancla de su fiera tía. Mateo se inclinó hacia atrás preparado para evitar la cachetada, pero Raquel no pudo quedar al alcance para sentarlo en el piso, cómo quería con todas sus ganas. 

- ¡Eres un bastardo! - rugía Raquel - ¡No tienes alma! ¡Fuera de mi casa! ¡Fuera de la casa de Guillermo! 

Mateo dio unos pasos de espalda a la entrada de la casa sonreído con malicia, aunque en el fondo no terminaba de abrazar lo que estaba haciéndole a aquella mujer. Se dio vuelta y caminó hasta detenerse bajo el marco de la puerta y volteó de soslayo hacía Raquel, y con verdadera pena, con auténtica lamentación le dijo:

- Lamentablemente tío Guillermo no regresó. 

Los dos se miraron un momento, entendiéndose en silencio. Aunque de los ojos de Raquel se escurrían gruesas lágrimas, que caían como cascadas por sus mejillas tristes. Mateo la miró un segundo en silencio y la compadeció. Se dio la vuelta, se hundió el sombrero en la cabeza y se alejó de aquella casa. 

Raquel cayó de rodillas llorando adolorida. Adelaida se asustó aun más, nunca había visto a su tía abuela desmoronarse así; realmente nunca pensó que esa indoblegable mujer pudiese partirse en dos como lo acaba de hacer. Adelaida hizo el esfuerzo de ponerla de pie, la jalaba desde atrás con fuerza mientras la llamaba y la animaba a incorporarse, pero era como si la dama de damas estaba pendiendo hacia un abismo y ella la sostenía con la frágil fuerza de sus brazos. 

- Tía por favor, párese de ahí - le pedía Adelaida con cariño -. Vamos hacía el mueble y se sienta allá. 

Pero Raquel no la escuchaba, su mente estaba en el recuerdo de aquellas palabras. Del recuerdo de aquella mina de cobre, de la pequeña caja de madera que colocaron aquella mañana en su jardín, de lo que le dijeron que contenía, lo que nunca aceptó, pues ella la abrió y miró. Y no lo aceptó, nada de lo que miró dentro le decía que era cierto lo que todos daban por sentado. La acusaron de loca, de haber perdido la razón, pero incluso lo siguió negando, siguió rechazando que lo que le decían que era la verdad, realmente lo fuera. Y desde entonces esperaba, desde entonces ella aguardaba. 

Adelaida la tomó del rostro y la hizo que la mirara a los ojos, y le pareció tan frágil, tuvo la impresión que su tía abuela podía desmoronarse ante ella como una torre de arena y la abrazó con fuerza. Así se invirtieron los roles, Raquel recostada como una niña llorosa sobre el pequeño pecho de Adelaida la que recostó su mejilla sobre la cabeza de su tía mientras acariciaba sus plateados cabellos transmitiéndole consuelo. En ese momento Adelaida comprendió que lo mejor era dejarla drenar, que así como Raquel había hecho con ella, igual debía solo sostenerla mientras su dolor, fuese el que fuese, saliera de sus rincones oscuros, de sus antiguas moradas a morir en la luz del desahogo. La beso en la frente y le dijo sonreída, aunque también tenía lágrimas en sus ojos:

- Llore tía, llore todo lo que necesite llorar. No está sola, yo estoy aquí, me tiene a mi. Llore que yo cuidaré de usted. Ya no está sola - le volvió a sonreír con amor, eso ablandó la última resistencia de Raquel. Así, la inamovible dama se hizo dócil en brazos de Adelaida, se acurrucó en su pecho como una chiquilla y por primera vez, después de tantos años se sintió amparada en su dolor, por primera vez no le tuvo miedo a la intensidad y presencia de su tristeza chocando contra ella y contra su alma y cómo nunca antes lo había podido hacer, lloró todo el luto que se había guardado por largos años dentro de su corazón. Mientras Raquel lloraba la pudo hacer poner de pie y la guió hasta su habitación, por primera vez entraba en los aposentos de su tía abuela, la recostó en la cama y la acompaño hasta que de agotamiento se quedó rendida, se durmió profundamente. Adelaida la miró con tristeza, su tía abuela llevaba una cruz también. ¿Quién no lleva una cruz en silencio dentro de sí? pensó. La muchacha pecosa se puso de pie y pudo darse cuenta de un gran cuadro, una pintura al oleo que estaba cercano a la cama en una de las paredes. En aquel lienzo estaban pintados dos rostros jóvenes y muy hermosos. Una mujer de rostro largo, de ojos oscuros y profundos, con algo de picardía en ellos y un hombre, de barba abundante, pero muy bien cuidada, de cabellos café oscuro y de ojos amables. Muy elegantemente vestidos, ella sentada, él de pie detrás de ella, pero sostenidos de una mano, en el silencio eterno de aquel lienzo. Al lado de la firma del pintor de aquella maravillosa pintura había una pequeña leyenda hecha a trazo fino de pincel que rezaba:

- Guillermo y su amada Raquel - leyó en voz baja. Volvió a mirar a la mujer de la pintura. Tía Raquel en su juventud ¡Qué hermosa era! y el señor Guillermo le pareció muy atractivo. Lo miró con curiosidad, como si quisiera conocerlo a través de aquella imagen, se preguntó como sonaría su voz, como sonreiría, como sería su forma de ser. Miró sus manos sostenidas sobre el hombro de ella, las vio con otro significado al que les dio en la primera mirada. Amó esa pintura. Mientras la miraba, comenzó a sentir una impresión extraña, como si alguien la observaba desde su diestra, desde el fondo de la habitación, y giró el rostro para ver cómo si esperara encontrar a alguien de ese lado. Había otro cuadro, quizá más grande en dimensiones que en el que estaba eternizada la juventud de los antaños amantes. Estaba un poco a oscuras en ese lado de la habitación y solo podía ver la silueta de una niña de ojos oscuros en él. Se acercó para poder verlo mejor y mientras más se acercaba su impresión aumentaba. No podía ser. Aquella pintura le comenzó a dar un poco de miedo, la mirada de la niña sobre aquel cuadro la comenzó a atemorizar no por que fuese tenebrosa ni tuviera algo de inhumano en ella, todo lo contrario, parecía que tuviera vida. Comenzó a acercarse cómo si necesitara de la cautela para poderlo mirar. Esa mirada, la de esa niña, era su propia mirada. Pero no solo eso, el abundante cabello cobrizo, el rostro lleno de pecas, el rostro  redondo semiovalado como una avellana igual al de ella, le hicieron correr por el cuerpo un escalofrío. Ese niña, cualquiera podía decir que era ella misma, pero a los 5 o 6 años aproximadamente. Incluso la sonrisa. Trató de buscar una leyenda por todo el borde del cuadro y no la consiguió, solo la firma del mismo artista del cuadro anterior y el año de 1893. Pero su corazón dio un salto aun mayor cuando pudo ver bien que era lo que tenía la pequeña en brazos.

- ¡Jazmín! - exclamó Adelaida para sí misma. 

La niña tenía recostada a Jazmín de su brazo izquierdo y la sostenía con el derecho. Pudo observar que las facciones aniñadas de la muñeca se parecían más a la jovencita de la pintura que a las de ella, obviamente porque ella ya era prácticamente una mujer adulta. Y entró en su mente una gran duda, ¿Con quién la comparaban realmente? ¿Con Jazmín o con la niña de...?

 La niña de la pintura... de pronto lo supo.

 Su corazón latió con fuerza. ¡La niña de la pintura era Jazmín! Su alma se llenó de compasión por su tía abuela que dormía profundamente alejada por las alas del sueño de toda la consciencia de su dolor. Adelaida dio unos pasos hacia atrás en diagonal, quedando cerca de la cama de su tía abuela, parada justo donde podía ver con claridad los dos cuadros. Guillermo y Jazmín, pensó viendo uno y luego otro. Se sonrió con ternura, y en el silencio de aquella habitación semioscura, como si fuera una reunión secreta entre ellos, dijo en voz baja:

- Tío Guillermo, prima Jazmín, es un placer conocerlos. 

Se retiró de la habitación. Miró la puerta abierta de la casa y sintió temor de que aquel hombre regresara estando dormida Raquel; y empujo de ella para cerrarla, crujió como si nunca se hubiese movido de donde estaba y cerró con un sonido seco oscureciendo un poco la entrada y haciendo que la luz que entraba por el jardín central pareciera más brillante. Al sentirse más segura, movida sin saber porque motivos, caminó hasta la muñeca de tía Raquel que estaba sentada en la mesa del comedor. La sostuvo en sus manos y la miró. Lamentó discutirle tanto a su tía cuando ella la comparaba con una muñeca, cuando lo único que le quedaba a la tía Raquel de recuerdo de su hija era eso, una muñeca a la que amaba como si de su hija se tratara. Pero incluso era más que una muñeca, era un recuerdo vivo en la casa, era una evidencia de que aquella pequeña pelirroja había existido, que había de seguro llenado todo el lugar con su infantil risa. Entendió lo difícil que sería para la tía abuela tenerla a ella en casa, tan parecida a Jazmín, viéndose ante los ojos de Raquel como de seguro se hubiera visto Jazmín de no haberla perdido, como si en vez de ser Adelaida, fuese la niña del retrato pero madura. Abrazó a la pequeña muchachita de porcelana contra su pecho con fuerzas.


Y lloró pidiéndole perdón a Jazmín.    

                                                                                                                 


                                                                                                        
                                                                                                  Lee Aquí el  Capítulo 13