Recomienda Los Jardines de Bardolín a tus amig@s

domingo, 3 de agosto de 2014

Capítulo 13

Raquel salió de la habitación y en un primer momento la oscuridad de su casa la confundió. Aquel silencio sin los sonidos externos, aquella ausencia del largo brazo del sol entrando por su puerta, la perturbaron. ¡La puerta estaba cerrada! Su alma se sacudió dentro de ella, estaba encerrada con su propia soledad, a la que tanto se negaba a aceptar. ¿Qué es el tiempo cuando se ama de verdad? Toda la vida esperaría. Toda la vida ella estaría atenta y mientras hubiera un hálito dentro de sí, no permitiría que nada se interpusiera, ni siquiera su puerta si el amor volvía a casa el día menos esperado. Adelaida que se esforzaba en hacer el desayuno, la vio desde la cocina, avanzar presurosa hacia su puerta. 

- Tía ¿cómo se siente? - le preguntó desde la distancia. 

- La puerta - Raquel se volteó hacia ella en el medio de la sala con el rostro endurecido. Señaló la entrada cerrada cuestionando con  la mirada a la muchacha pecosa por haber hecho aquello.

- La cerré tía, no fuera a volver aquel hombr...

- ¡No vuelvas a cerrar la puerta de mi casa! - le interrumpió la tía abuela con aspereza. Cómo si no le importara lo que le decía Adelaida.

- No me hable así - la muchacha se sintió dolida por el trato de Raquel, pero su voz sonó triste al contrario de otras veces.

La anciana aferró con fuerza su mano a la manilla de la puerta y jaló de ella y no pudo moverla. Eso pareció enfurecerla, aunque la verdad era angustia, como si su alma hubiera sufrido un ataque claustrofóbico. Volvió a jalar y la puerta no se movió y llena de ira la golpeó con la palma de su mano, retumbando aquel sonido por todo el lugar.

- Tía que le pasa - Adelaida dejó a mitad lo que hacía y comenzó a acercarse hacía la sala. ¿Por  qué la tía abuela había cambiado tanto con la sola llegada de aquel hombre altanero? ¿Por qué la tía abuela actuaba así por una simple puerta cerrada? ¿Qué historia llevaba en silencio la dama de damas que no le había confiado a ella? 

- ¿Por qué? - Raquel volvió a tirar de la manilla con fuerza, molesta - ¿Por qué cierras la puerta de mi casa? ¡No lo cierres nunca! ¡No tienes derecho! 

 - Lo hice por el bien de las dos - trató de acercarse a ella -. Si volvía de nuevo aquel hombre mientras usted dormía no se que hubiera hecho yo tía. 

- Mateo no va a volver - le dijo en voz alta sin voltear hacia ella tironeando de la puerta. 

- Pero tía... cómo sabe que...

- ¡No va a volver! - le alzó la voz aun más, esta vez mirándola a los ojos. Adelaida se quedó en silencio sintiendo dolor en su corazón, luego se encendió su soberbia. Una de sus corazas volvió a izarse ante ella, sintió decepción. 

- Usted me va a tratar mal cuando se le antoje - le dijo rompiendo el silencio -. Usted no va a ser diferente de mamá, usted no va a ser diferente de los demás. Usted me habla de amor un día y el otro me atropella. Usted no es distinta. 

La mujer de cabellos plateados se quedó inmóvil al escucharla de espalda a ella, sostenida de la manilla de su puerta. Sintió cómo un gran remordimiento se mezclaba con su marea de emociones, así cómo la espuma se revuelve en una ola. Soltó la puerta, se giró hacia los ojos humedecidos de su pecosa sobrina y no supo que hacer. No sabía que hacer con ella misma, no sabía que sentir, que pensar, sólo buscaba aferrarse a sus salvavidas de siempre. Sus artilugios donde lograba sostenerse a flote, con los cuales podía evadir lo que evitaba con toda su humanidad. ¿Pero cómo evadir a esa muchacha que le recordaba en cada día que pasaba, mucho más a Jazmín? ¿A esa muchacha a la que poco a poco iba metiendo más y más en su corazón? ¿Cómo era capaz de lastimarla, al mismo tiempo que quería sanarla? Sin embargo ¿acaso ella no sufría también? ¿acaso había alguien que pudiera comprender su pena? ¿acaso hubo alguien ahí para decirle que todo iba a estar bien? Por eso nunca cerró su puerta, porque estaba sola, porque el que se fue dijo "hasta luego" y nunca dijo "adiós". ¿Quién podía entender que por mucho que se estuviese acostumbrando a la presencia de Adelaida en su casa, nada podía sustituir en su corazón el espacio lleno, esos latidos antaños que la habían mantenido de pie todos esos años?

- Adelaida... - Raquel se alejó de la puerta y dio un paso hacia la muchacha.

- No quiero escuchar nada que tenga que decir - le espetó Adelaida soltándose el delantal -. ¿Ahora se va a justificar? ¿Ahora me va a pedir disculpas una vez más? ¿Y cuanto tiempo tendré que esperar para que me vuelva a tratar así? ¿Será Dios mío que este es el trato que merezco yo en la vida?

- Discúlpame Adelaida...

- No quiero sus disculpas, quiero su respeto - se dio la vuelta, tiró con molestia el delantal sobre la mesa del comedor y entró a su habitación haciendo tronar la puerta detrás de ella.

Raquel se quedó de pie donde estaba, desde donde podía mirar la puerta cerrada de la habitación de la fúrica muchacha. Se sorprendió a sí misma ante su propios sentimientos. Ese claustro cerrado le dolió más. Aquella culpa en su corazón desmoronó todos sus argumentos. Ella le abría la puerta a un fantasma que nunca venía, pero aquella segunda puerta cerrada la separaba de alguien real, de una sonrisa pueril en un rostro pintado con incontables pecas, del sonido relajante de esa risa. La separaba de esos ojos negros, pequeños y graciosos, pero tan penetrantes cómo un puñal cuando miraban al mundo cuando éste la atacaba. La distanciaba de ese corazón roto, ese que en el secreto del pequeño pecho de aquella damisela, latía el dolor de un amor desgarrado de par en par. ¿Qué había de la puerta de su casa para afuera más importante que eso? ¿Sólo ilusiones? ¿Sólo esperanzas que al no cumplirse se convirtieron en obsesiones solo para evadir la triste realidad? No, no había nada allá afuera. Sólo el mundo que se olvidó de Raquel Lamuza y que hoy solo la recordaba para venir a amenazarla, a terminar de destruir lo poco que quedaba de ella y de los restos de su amor. Comprendió las palabras de Adelaida, no las juzgó, simplemente las aceptó. El mundo no tiene derecho de tratarnos así, pensó, ni yo a ti mi niña, ni el mundo a mi. Dios cierra todas las puertas y aíslame del mundo, pero no permitas que se cierren puertas entre Adelaida y yo, rogó en su corazón. Miró la puerta principal ¿qué diferencia hacía tenerla abierta si lo que cerraba era su alma al presente, al ahora? Adelaida estaba más cónsona con la realidad, Mateo de seguro volvería... Guillermo no. Aunque la esperanza es lo último que se pierde, él no vendrá. Pensó.

Entró en su habitación y se sentó en su cama frente a la pintura de los dos amantes. Miró el rostro de Guillermo, con amor, de la única forma que sabía mirarlo. Lo extrañó cómo siempre, ni un poco más ni un poco menos. Con toda su alma. Se sonrió, aquel amigo pintor había perfilado la nariz de su amado, eliminando una pequeña protuberancia que en lo personal, ella sentía que le daba un toque más varonil al rostro amable de Guillermo. Se miró a sí misma. Aquella miradilla atrevida, pícara que tenía de muchacha.

- Pícara pero feliz ¿no Guillermo? - habló mirando los ojos de su amado, sobre el lienzo.

Observó sus manos atadas sobre su hombro, sostenidas eternas bajo la magia de hábiles pinceles. Levantó su envejecida mano y la miró.

- ¿Soy yo que no te suelto? o ¿eres tú que aun me sostienes? - le preguntó en un susurro.

- Sí eres tú que me sostienes, suéltame. Sí soy yo que te sostengo, yo... - se detuvo. La abrumó la idea de dejarlo ir. Sintió que si se desprendía de él moriría en un segundo.

- Te espero venir, pero a la vez no te dejo ir - bajó la mirada y la dejó caer hasta el suelo -. Tengo el corazón en una trampa ¿No?

De pronto escuchó abrirse la habitación de Adelaida, y retumbó por la casa el sonido de los tacones de las botas trenzadas de la muchacha cómo si una máquina intentara abrir hoyos dentro del lugar. Se puso de pie y en silencio llegó hasta el marco de la puerta de su habitación y desde ahí la miró sigilosa. Adelaida sostenía la manilla de la puerta y jalaba de ella, gruñía, gemía, bufaba. Tenía las orejas coloradas igual que el rostro, por la soberbia y por el pujante esfuerzo de abrir aquella entrada que ella tan fácilmente había cerrado. Le daba manotazos que parecían más caricias que otra cosa. Ya se había lastimado la mano con la robusta puerta de la casa de Lili, pero aun así trataba de darle su escarmiento a aquel postigo cerrado con pequeñas palmadas. Molesta tomó su sombrilla y la ahorcó con sus dos manos mientras gruñía una vez más. Volvió a sostenerse de la manilla pero está vez con sus dos manos y dio tres fuertes jalones hacía ella, con todo el peso de su cuerpo y la puerta no se abrió. Trastabilló y rebotó tres veces en el piso cayendo de trasero. El gran vestido que se había puesto amortiguó la caída y Raquel preocupada dio un paso hacia ella, pero en el segundo paso prefirió detenerse. Adelaida se quedó sentada mirando aquel gran trozo de madera que no la dejaba salir. Y furiosa e impotente se le salieron las lágrimas.

- ¡Soy una estúpida! - sollozó - Ahora estamos encerradas. Ni ese señor entra ni nosotras salimos.

Raquel la miró con amor. Una niña. Adelaida era una niña. La observó cómo se quedó sentada en el piso, con su delgada espalda recta, hermosa, siempre femenina. Le dio ternura ver cómo la pecosa miraba con enojo la entrada cerrada, cómo si quisiera derribarla con solo pestañear con fuerza. Vio cómo alzó su sombrilla y se la lanzó a la manilla.

- ¡Puerta estúpida! - le gruñó. Raquel sonrió. No había duda, era una niña aún.

- Mi niña ¿que haces ahí en el suelo? - intentó acercase amablemente a ella. Adelaida mantuvo el ceño fruncido sobre su pequeña pecosa nariz.

- Estamos atrapadas - se quejó en voz baja sin mirar a su tía abuela. Raquel se sentó cerca de ella en su sillón vinotinto. La miró unos segundos en silencio.

- Perdóname por tratarte cómo lo hice - insistió Raquel en su disculpa.

- No se preocupe - la muchacha seguía destrozando mentalmente con su mirada aquella puerta -. Dios me castigó por no aceptarle sus disculpas. Ahora no podemos salir por mi culpa.

- O porque yo le pedí que no te alejara de mi, molesta conmigo - La anciana miró su puerta en la suave penumbra en la que estaba. El Sol ya se había elevado un poco rumbo hacia el cenit, y entraba en todo su esplendor por el jardín central. Parecía un oasis de luz dentro de las sombras que lo envolvían todo. Adelaida volteó a mirarla, a su tía abuela. La miró alumbrada por todos aquellos reflejos que saltaban desde el jardín hacia el rostro de aquella mujer. La observó en silencio. Ya no había remedio. La quería. Podía molestarse con ella, pero no odiarla. Podía echar fuego por la boca discutiendo con ella, pero ya no querría lastimarla con sus palabras. Quizá por eso intentaba alejarse, para que sus defensas, las que le impuso el mundo, no se activaran en contra de su tía abuela. Ella sufre y no lo dice, pensó. Ella sufre.

- Tía yo llegué a revolverle su vida, a ser una intrusa en su casa - se suavizó poco a poco su voz en cada palabra -. Siempre ha tenido razón, soy una muñeca con la cabeza llena de aire.

- No repitas eso - Raquel sacudió su mano frente a ella cómo si tratara de disolver una pequeña nube de polvo invisible -. Eres hermosa cómo una muñeca. Adelaida, pero cómo a esas que se atesoran y se aman. Cómo a esas que no quieres que nadie las toque y las dañe. Pero más que una muñeca, eres cómo una niña, una muñeca con vida. Una muñeca que no está vacía por dentro, sino que solo aun no ha aprendido a vivir.

- Entonces usted también es una muñeca - la muchacha le devolvió las palabras con el mismo cariño que las recibió.

- Te lo dije el día cuando llegaste - le sonrió.

Adelaida la miró un segundo procesando todo aquello, cambiando por dentro sin darse cuenta. Y sonrió con ella. De pronto regresó un recuerdo a sus pensamientos, precisamente por recordar o por intentar comprender el significado que tendría ser una muñeca, desde el entendimiento de todas esas emociones y realidades que envolvían uno de los más grandes misterios de su tía abuela.

- Tía... temprano... cuando la llevé a su cuarto... vi una pintura muy hermosa donde está usted - Adelaida parecía ir con cuidado en cada palabra. No olvidaba aún la reacción de su tía a razón de su puerta cerrada -. Y vi la otra también...

 La dama de damas asintió desde su sillón, pero no dijo nada.

- ¿Esa nena que está en la pintura... es... Jazmín? - Raquel le volvió asentir, preparando su corazón para enfrentar de nuevo esos recuerdos que siempre herían a su alma.

- Mi hija - a la anciana le sonó la voz extraña. Triste, contenta, orgullosa, decepcionada, todo mezclado.

- ¿Y la muñeca...?

- Es una réplica de otra muñeca - el corazón de Raquel comenzó a latir con fuerza al traer a su mente ese recuerdo en particular.

- ¿Una replica? - pero que misterios tan grandes envuelven a ese pequeña de porcelana, pensó la muchacha de cabellos de cobre.

- La original la tenía mi hija - Raquel miró hacía el resplandeciente pasto del jardín evitando la escrutadora mirada de su sobrina. Se le humedecieron los ojos y continuó -. Se la llevó con ella al cielo.

El corazón de Adelaida se ensanchó de compasión; cómo una respuesta inevitable, de sus ojos se escurrieron sendas lágrimas. ¿Se la llevó con ella al cielo? Qué imagen tan triste. Se imaginó que la habrían sepultado junto a su muñeca.

- Tía... disculpe que la moleste con estás cosas...

- No mi niña, por el contrario pregunta. Tienes derecho de comprender a esta vieja. Tú confiaste en mi y me confesaste el motivo de tu tristeza. Creo que es justo que yo haga lo mismo - recordó las palabras de su querido Gerónimo -. Es hora de abrirte mi corazón. Solo te pido que tengas paciencia conmigo, que mi corazón está duramente cerrado, peor que esa puerta. No tires de mi, si me escuchas, yo desde adentro iré empujando dejándote entrar.

- Que bonitas palabras tía. No jalaré de usted. No vaya a caer sentada de nuevo en el suelo - sonrieron las dos, con asomo de lágrimas en sus ojos.

- Bueno... pregunta hija, que si no lo haces yo no lo diré - Adelaida asintió compasiva y dio rienda suelta a todas sus dudas.

- Tía... ¿cómo...? Me da cosa con usted...

- Pregunta - Raquel cerró los ojos.

- ¿Por qué Jazmín se fue al cielo? - no encontró una manera menos molesta de preguntar algo tan duro y tan difícil de responder. Raquel respiró profundo y entre sus pestañas cerradas, se escurrieron fugitivas lágrimas dolorosas.

- Luisa Adelaida, prométeme algo - la anciana mantuvo sus ojos cerrados.

- Dígame tía.

- Jamás vayas más allá de los jardines, nunca vayas donde están los pozos.

La joven se heló de abajo hasta arriba. Recordó la advertencia de Galleta. Tuvo una imagen tenebrosa en sus pensamientos. No era eso lo que su tía le quería decir. No así, no de esa forma tan horrorosa pasaron las cosas. Adelaida gateó hasta las rodillas de su tía y sostenida en ellas la miró con tanto amor, con tantísima compasión.

- Ay tía... - le sonó la voz trémula, llena de tristeza.

- ¿Me lo prometes hija? - Raquel abrió sus ojos y miró a los de ella entre sus lágrimas. La miró entre la bruma de su llanto, la miró de arriba hacia abajo, ese rostro pecoso, cómo miraba a Jazmín cuando ella se le guindaba de la falda del vestido. La miró hacía abajo cómo si Adelaida fuera su niña, su chiquilla, su amada hija.

- Se lo prometo tía - se le quebró la voz aun más al ver cómo la miraba su tía. Cómo si quisiera salvar a Jazmín a través de ella.

- Pregunta Adelaida - le instó la dama de damas entre sollozos.

- Es tan duro preguntarle tía todas las cosas que tengo en mi cabeza - Adelaida comenzaba a arrepentirse de haber removido esos recuerdos en el alma de su tía abuela. No se sentía capaz de saber consolar a Raquel, tenía miedo de romper una represa que no supiese luego reparar.

- Pregunta hija, esta puerta no estará abierta siempre - pareció rogarle. Desde una parte de su alma Raquel deseaba poder dejar salir ese dolor, poder enfrentarlo y junto a su sobrina podría llorarlo hasta secarse por dentro. Ya no estaba sola. No necesitaba de Adelaida más que sostuviese su mano y no la dejara sola con su dolor.

- Jazmín... tía... ¡Ay tía! ¿La encontraron?

Raquel cerró los ojos. Y guardó silencio. Oh doloroso silencio que lo grita todo. Llegó hasta a Adeliada como un puñal, ese silencio la traspasó, la lastimó dándole la respuesta. Se aferró con fuerza a las manos temblorosas y frías de su tía abuela. Quería trasmitirle, a través del mismo silencio paz y consuelo. Quería poder volver en el tiempo y tener la habilidad de cambiar el destino funesto de las cosas. Quería...¡No sabía que quería! Se sentía inútil ante el dolor de aquella gran mujer que había cargado con tan terrible peso sobre sus hombros, su gran y terrible cruz y que aun tenía la grandeza de  sonreír, la que aun tenía esperanza en que la vida podía ser luminosa.

- Tía... - Adelaida no pudo más y se recostó en las piernas de Raquel y lloró. Lloró tan desconsoladamente cómo sentía que no lo había hecho por nadie. Lloró por una niña que nunca conoció, una niña de la cual ella perecía una réplica. Cómo la muñeca de su tía abuela. Jazmín y su muñeca, cada una tenía su réplica. Y que ese día, a esa hora, estaban las dos en posesión de la dama de damas. Encerradas en aquella casa, cómo si fuera un mausoleo. Entendió la abrumadora necesidad de su tía de mantener la puerta abierta, para que la casa estuviese llena con la vida de afuera, que desde adentro se le hacía tan difícil de tener. Abierta para darle paso al calor del sol, a ese hogar al que le barría con luz, todos los tristes recuerdos debajo de las sombras en los rincones.

- Tía... hábleme algo bonito de Jazmín - le rogó después que pudo controlar sus lágrimas. Seguía recostada en las piernas de Raquel.

- Se perecía mucho a ti - le sonrió la llorosa anciana.

- Eso no tía... hábleme de cómo era ella... que cosas hacía... por favor - Adelaida quería desplazar tan terrible imagen que le había quedado en la mente. Quería recordar a Jazmín de otra manera. Raquel suspiró, aquello pareció aliviarla. Recordar a Jazmín, los momentos felices, era un aliciente para ella. Era su artilugio más amado para conseguir paz interna.

- Era una rebelde - sonrió mirando hacia el jardín cómo si la mirara jugando en él -. Una fierecilla, así cómo tú. Pero también era un ángel. Yo vivía persiguiéndola para sacarla del césped. Se descalzaba y danzaba por todo el jardín. Yo vivía con sus zapatos en las manos. También me tenía azotada a la mata de cayenas. No podía verla florecer porque al rato la veíamos sentada en la peinadora de su habitación, haciéndose peinados, poniéndose flores en su melena naranja.

- Pareciera que estuviera hablando de usted misma - dijo Adelaida entre una tierna sonrisa

- La muñeca se la regaló un amigo escultor de nosotros. La primera muñeca era muy parecida a Jazmín - continuó Raquel, sonriéndole con ternura como respuesta mientras hablaba -, y ella cuando la vio torció la cara. "Me da miedo" dijo. Pero luego se encariñó con ella, para arriba y para abajo inseparables. La comenzó a tratar cómo si estaba viva, hasta la culpaba cuando ella hacía una travesura. "No fui yo, fue ella" decía. Descalzaba a la muñeca también y la paraba en el centro del jardín y le bailaba alrededor. La peinaba igual a ella con las cayenas.

- Tía, he notado que la muñeca tiene cabello natural.

- Ajá, es de ella. Cuando el cabello le llegó cerca de la cintura se lo cortamos un poco más abajo de los hombros...

- ¿Cómo en la pintura? - preguntó Adelaida girando sus ojos hacia la habitación de Raquel deseando poder volverla a ver.

- Cómo en la pintura. Lo separamos en tres partes, una que se la dimos a Jonás, el escultor; otra que guardó su papá y otra que guardé yo - le respondió mirándola a los ojos curiosos. Adelaida sintió el deseo de pedirle que se lo mostrara, pero se contuvo. Si la tía abuela se ofrecía sería mejor, sino, respetaría tesoro tan sagrado -. Eso a ella le encantaba. Que tuviera su mismo color de cabello. Nadie en Bardolín tenía su color de cabello y nadie lo había tenido hasta que viniste tú. Ella se sentía especial. ¡Ah!... a diferencia tuya, odiaba las cerezas...

- Pero ¿por qué? - Adelaida se enderezó no entendiendo cómo a Jazmín no le gustaban las suculentas y ricas cerezas, un regalo de la naturaleza para el paladar.

- Nunca le gustaron. ¡Nunca! No sé por qué - Raquel abrió los ojos ampliamente, parecía animarse cada vez más, por poder hablar de su niña, de la que hace tantos años no hablaba -. Yo le decía "¿Cómo te vas a casar cuando crezcas, sino te gustan las cerezas?" Me respondía "Me escapo y me caso en un lugar muy lejano donde se coma mango"

- ¿Mango? - Aquello dio mucha gracia a Adelaida.

- Muy romántica mi niña - comentó sonreída la dama de damas.

- Bueno, el mango es rico también tía. Malos gustos no tenía mi prima - "mi prima", eso conmovió mucho a Raquel. Que Adelaida la nombrara con aquella familiaridad, que no la tratara cómo un simple bonito recuerdo de una vieja solitaria, sino cómo alguien que estaba viva, en su afecto, en su corazón; cómo la familia que eran aunque nunca podrían conocerse.

- Amaba el mango. Cuando el árbol de mango que está en la parte de atrás de la casa cargaba, todas las mañanas la veías recogiéndolos en una cesta, y peleaba con los pájaros cuando los veía picotearlos en lo alto.

- ¿En la parte de atrás de la casa, tía? ¿Por donde se llega? - Adelaida miró por el pasillo que daba al salón trasero sin adivinar cómo podría llegarse al otro lado de la morada de la tía abuela. Habría que darle la vuelta al pueblo seguramente. No veía otra manera.

- Ven, vamos. Ponte de pie - Raquel sostuvo las manos de la pecosa y la ayudó a incorporarse. Caminaron hasta el salón y la muchacha no veía más que lo de siempre. El salón que en vez de tener un ventanal, cómo a ella le hubiera encantado, tenía era unos pequeñas ventanas a lo alto por donde entraba la luz con mucha timidez. Las lámparas que la tía abuela encendía antes del oscurecer. Algunos gabinetes muy limpios, y pulidos que sabría Dios que cosas guardaban dentro. Incluso el biombo que estaba hacía la esquina, seguramente ocultando alguna mancha de humedad, que para eso era que Betania usaba un biombo, para esconder algún desperfecto que debía arreglarse en casa. Sin embargo hacia el biombo es que Raquel se dirigió sin espabilar y lo apartó. ¡Había una estrecha puerta escondida detrás! Mi tía y sus misterios, pensó, nunca se le acaban. Abrió la puerta girando una llave que al parecer estaba siempre en la cerradura, y desapareció por ella.

Al salir le encantó lo que vio. ¡Había un pequeño huerto! También hacia el costado derecho el robusto árbol de mango, que con sus fortachones brazos mecidos por la fresca brisa mañanera, parecía saludar a Adelaida, quizá confundiéndola con Jazmín. También habían rosales. ¡Cuatro rosales fantásticos! Y al final parecía haber otro salón, pero en un piso elevado al que se podía entrar subiendo por una oscura escalera techada. y llena de ventanas por los costados.

- ¡Que bonito! ¿Por qué nunca me habló de esto? ¡Un huerto! ¿Cuando lo atiende? ¿Cómo hace para mantenerlo tan bonito todo? - Adelaida estaba admirada del patio secreto de tía Raquel. Caminaba directo hacia los rosales, pero se detuvo un poco. Rercordó al rosal de los Villafranca, en aquella noche. Estos se parecían, o ella los hacía parecidos en sus pensamientos. Los evadió y se regresó al lado de la tía que curioseaba en el huerto.

- ¿Por qué nunca me habló de este lugar tan bonito, tía? ¿Tan de poca confianza parecía ser? - casi que susurró Adelaida cerca de su hombro.

- Mi niña - la miró con cariño -. ¿Recuerda usted a la dama Luisa Adelaida Castelán Buendía que le indignaba que este modesto pueblo no tuviese buzón, la que exigía que se le tratara cómo a una dama de sociedad, cómo a una dama de la ciudad? ¿La que arrugaba la frente ante aquella anciana descalza en su jardín, la que no debía llenarse de mugre?

La muchacha pecosa bajó la mirada. No le gustaba cómo la estaba describiendo, pero sabía que no le mentía. Esa era ella cuando llegó a Los Jardines de Bardolín. Esa prepotente señorita de la ciudad. "Señorita" ni eso era realmente. Pero ahora no se sentía así, tenía la certeza de que volvía poco a poco a ser la misma de antes. La Adelaida de las cosas sencillas, la que se hacía preguntas tan inocentes, cómo cuando le intrigaba de donde venía el rocío de la mañana, dejando sus perlas cristalinas en los jardines de mamá. O que cosa era realmente el arco-iris. O caminar por la ciudad en busca de algún mercadillo que tuviese cerezas, y al encontrarlas, elegirlas cómo un joyero observa un diamante para determinar su valor. Volvía a ser la que le gustaba escuchar a las aves cantar, y preguntarse si esos trinos significaban algo. Joshep se reía de todo eso. Se reía de su mundo, le decía que había cosas más grandes por las que aspirar. ¿Qué podía importar de donde venía el rocío? Ella debía gastar su tiempo en mejores cosas, en mejores andares. Debía dedicarse a las cosas realmente importantes de la vida. Lo más importante de la vida se había vuelto él. Aprendió todo lo que tuviese que ver con Joshep Villafranca Andueza. Nadie sabía de él más que ella... eso era lo que había creído. Recordó cómo uno de los muchachos salidos del rosal de los Villafranca la llamó sangre de cabaretera, y Joshep no dijo nada. Cómo si lo creyera. Ella podía haberse equivocado. ¿Pero sangre de cabaretera? ¿Qué clase de hombre había estado amando? Ya no lo sabía. Y quería dejarse de preguntar sobre él. Quería odiarlo cómo en el momento que hizo pedazos la foto que tenía de Joshep, aunque después había llorado por haberla roto. Pero sabía que en parte se engañaba, en el fondo de su alma sentía que lo seguía amando. Ella era la que había fallado. Yo no me comporté cómo una dama, seguía juzgándose. Pero mientras tanto seguiría culpando a todos, incluso a ella misma, de su dolor. Para Joshep siempre había una justificación para ponerlo a salvo de su rabia e impotencia ante las injusticias que tuvo que sobrellevar, endureciéndola, vistiendo su alma con corazas.

- Estaba asustada tía. Me protegía de la gente, me hicieron mucho daño. En la ciudad mis amigas me dejaron de hablar. Se corrió la voz sobre mi. La muchacha del chalet, me llamaban. Los muchachos me acosaban. Papá tuvo que sacarnos de ahí al otro lado de la ciudad donde nadie nos conocía. Era la vergüenza del lugar... - se le enmudeció la voz.

- Eres lo más hermoso que ha llegado a Bardolín en años Adelaida - le dijo su tía abuela con mucho amor -. No te arrepientas nunca del amor que diste. No es culpa tuya que los demás no estaban en capacidad de recibirlo.

- Pero uno también puede equivocarse dando amor tía - miró hacia el huerto observando las hierbas y hortalizas que lucían su gama de verdes, cómo un cofre lleno de esmeraldas y jades.

- Sí, pero el amor en sí mismo nunca es una equivocación. El error fue haberlo cedido a la persona incorrecta.

Adelaida guardó silencio. No podía responderse a sí misma la pregunta que eso le generaba. ¿Quién es la persona correcta para amar? Después de sostener esa duda en su corazón sin conseguir ningún consuelo se la entregó a la sabiduría de la dama de damas:

- Tía... ¿Quién es la persona correcta para amar?

- Tú misma - Raquel le tocó la barbilla con cariño -. El amor comienza primero en ti.

- Yo me amo tía - respondió Adelaida segura de lo que decía. Raquel solo le sonrió.

- Bueno, entonces es momento de consentirse un poco. Empecemos por la mirada - y le señaló con picardía hacia el centro del huerto. Los ojos de Adelaida cuando atinaron en la dirección que le señalaba su tía abuela, parecieron hacerse más grandes. Se le llenaron de estrellas.

- ¡Oh Madre Santa! - una sonrisa se dibujo de extremo a extremo en su cara - ¡Cerezas!

- Ya brotan las primeras flores del año - la anciana la invitó a acercarse a los cerezos con un gesto de su mano. La muchacha pecosa sin perder segundo se encaminó hacia el paso que separaba al huerto en dos, rumbo al arbusto donde lucían los hermosos pétalos blancos cómo si la recibieran cómo un enamorado espera a su amada con un ramo de flores entre las manos. Con el ruedo de su gran falda comenzó a atropellar a las pequeñas plantas que crecían de lado y lado y Raquel casi le de un infarto.

- ¡Luisa Adelaida! ¡Mis lechugas! - le suplicó poniéndose las manos en la cabeza. La muchacha se detuvo en seco y recogió su falta acto reflejo. Se quedó mirando a su tía abuela con cara de cordero. La dama de damas meneó la cabeza. Esta chiquilla cómo que es con las cerezas, cómo Santiago con la bicicleta, pensó divertida. La aupó con la mano que terminara de llegar, que no se angustiara. La ansiosa pecosa sin soltar su gran falda avanzó con más cuidado hasta que pudo soltar las telas y quedar de frente al delgado arbusto. Adelaida parecía un colibrí que iba de una flor a otra. ¡Habían tres arbustos sembrados uno detrás de otro! Eso serían muchas cerezas para ella sola.

- ¿Cuando cargan? ¿Cuando echarán fruto? - Se inclinó la pecosa golosa, para poder ver el rostro de su tía, entre el follaje de los cerezos.

- En mayo - respondió Raquel.

- ¡En mayo! Apenas estamos en marzo tía. Que desconsuelo me ha dado. Quizá mamá me haya venido a buscar para entonces.

La dama de damas fue tomada por sorpresa por esas últimas palabras. Era cierto. Adelaida no era de Bardolín. Su vida no pertenecía ahí. Su corazón se le agitó un poco, miró en su mente a la muchacha de cabellos rojizos, sostenido en varios moños muy bien peinados. Miró esas pecas que tanto le gustaban, cómo las de Jazmín, cómo chispas por todo su rostro. Su talle delgado y fino, una mujer aniñada, que quien no la conociera pensaría que era una niña precoz. ¿Podría soportar no verla más? ¿se le iría tan pronto cómo se le fue Jazmín? ¿llegaría el día que las extrañaría a ambas? A Adelaida, le pereció extraño el repentino silencio que la envolvió. Desde atrás de los cerezos no podía ver a su tía abuela y se inclinó de nuevo a ver si seguía ahí. Y entonces la miró. Vio a esa anciana amada, alta como un tótem, en silencio mirando en dirección al gran árbol de mango. Sintió tristeza por ella. ¿Que sería de la tía abuela cuando ella tuviese que regresar a la ciudad? Le tenía miedo a la ciudad. Ya no le gustaba. Más amaba ese lejano pueblo con sus veredas y jardines, con sus historias de amor llenas de cerezas. Donde tenía una hermana que era tan dulce cómo una galleta. Donde tenía un amigo, Fabían, un hombre respetuoso de su dama. Donde vivía un misterioso chico llamado Santiago, que todos lo veían, menos ella. Donde vivía la mejor de todas las tías abuelas que podía existir en cualquier lugar del mundo. Y era su tía abuela y ella su sobrina. En donde existía esa casa donde estaba, llena de misterios, donde su tía y ella podían ser dos muñecas, sin que nadie las juzgara por ello. Donde había existido una niña de la que ella era una réplica viviente. Donde existían unos jardines que los describían cómo un lugar salido de un sueño. Unos jardines que tenía que conocer, en especial para enviar desde lo más cerca posible, una oración a Jazmín la que dormía en el secreto de aquel lugar. No, no quería irse. No quería alejarse de todo eso, no quería dejar sola a Raquel. Comenzó a caminar hacia su tía, con prisa cómo si tuviera miedo que se evaporara ante sus ojos, apuró el paso. No quería irse de su lado. La anciana la sintió acercarse y volteó a mirarla y para su sorpresa la muchacha se la lanzó al pecho y la envolvió con fuerza entre sus brazos.

- Ojalá la puerta nunca pueda abrirse - Adelaida se le acurrucó en el pecho que parecía que quería metérsele completa en el corazón - No me quiero ir de aquí. Me quiero quedar con usted.

Raquel la envolvió en sus brazos. Sonrió. Cómo deseaba que eso pudiera ser. Pero esa puerta tenía que abrirse para Adelaida, el mundo la esperaba. Ella no podía ser tan vanidosa en pretender que podía quedarse con su sobrina, cómo si en verdad de una muñeca se tratara. ¿Acaso no vivía extrañando a todas las personas que había logrado amar en su vida? Tendría que extrañarla a ella también.

- La quiero mucho, tía.




Pero que difícil sería.





                                                                                                   Lee Aquí el capítulo 14