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viernes, 27 de febrero de 2015

Capítulo 22

Bajó con prisa las escaleras. Caminó rauda bajo la sombra del gran mango rumbo hacia la entrada de la casa. Ni siquiera volteó en dirección a los cerezos y sus ramos de flores como siempre lo hacía, ignoró el perfume del rosal que a esa hora envolvía todo el patio de la casa de la tía abuela. Al cruzar el umbral de la entrada se detuvo de pronto, al escuchar la voz de la dama de damas conversar con alguien. Miró sobre sí misma ¿Dónde podría esconder el libro de Maira? Que tenía prohibido sacar de la biblioteca cualquier libro por pequeño que este fuera. Sin pensarlo más lo deslizó por su espalda sostenido por la cintura de su falda, lo bastante alta como para que sus cabellos de cobre lo cubrieran como unas cortinas de fuego. Se quedó de pie muy erguida donde estaba, con los ojos cerrados respirando profundo tratando de estar calmada, serena, verse cotidiana. Escuchó la voz de él. Ni calmada ni serena, aunque podía aparentarlo. Suspiró hondamente una vez más, levantó la barbilla y caminó en dirección a la cocina con paso suave. Observó, mientras iba a través del pasillo que comunicaba el salón trasero con el resto de la casa, al joven de las herramientas que sentado frente a la mesa redonda del comedor, bebía de un vaso de cristal, cristalina agua. Parecía atento a lo que, sea lo que fuere, le decía la tía Raquel. Caminó de tal forma que sus botas no hicieron ruido, aunque temía que su corazón sonara tan duro que en la acústica del pasillo fuese a retumbar delatando su cercanía. Se sintió ruborizada, se descubrió a sí misma insegura de saber cómo actuar ante aquel que decía que ella lo iluminaba todo. ¿Cómo ha de actuar una lámpara cuando es consciente de su propia luz? Oh ilusa, pensó, tú no tienes luz, si mucho reflejas las luces que vienen de otros lugares. Sin embargo su ánimo no decayó y sin más, camino hasta quedar a la vista de su anciana tía, la que volteó a mirarla llenándosele el rostro de picardía. Acto reflejo Santiago volteó a mirarla también, con el corazón subiéndole por la garganta. 

- Apareció la bella durmiente - comentó graciosa la dama de damas.

- Buenas tardes - saludó Adelaida mirando hacia los ojos de aquel joven que la miraba de nuevo de esa manera que le hacía sentir que tenía la bota izquierda en el pie derecho, y viceversa.

- Buenas tardes señorita - respondió el muchacho de las herramientas sintiendo cómo sus manos se le ponían heladas de los nervios. Aunque por fuera de él todo pareciera estar en equilibrio. Notó que la preciosa pelirroja llevaba en sus manos la nota que le había dejado minutos atrás. Tragó hondo. 

- Por favor mi niña - Raquel con entonación cariñosa la invitó a acercase con un gesto -. Ven siéntate con nosotros para que pruebes algunos bocadillos mientras conversamos.

 La muchacha miró la mesa y las pequeñas tartaletas que provocativamente estaban en el centro de ella, aunque la verdad no deparó en el postre tanto cómo lo hizo con sus propios pensamientos. Pareció dudosa un segundo, pero al siguiente avanzó sin más y se sentó cerca de su tía abuela.

- Santiago me ha dicho que dormías plácidamente recostada de la mesa del ventanal - continuó su tía.

- Me he sentido cansada, me recosté y sin quererlo me he quedado dormida - respondió la pecosa, sonando algo formal, sin atreverse de pronto a poner su mirada en el joven. La dama de damas miró a Santiago un segundo, y lo encontró perdido en la belleza de Adelaida. Parecía mirar un paisaje que el solo pudiese apreciar. Tuvo la idea de estar observando a su amado Bécquer diciendo "el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada" -. Yo... no sé por qué no me despertó tía.

- Oh preciosa... yo no subí a la biblioteca - contestó la tía abuela mientras tomaba una tartaleta. La muchacha se le pusieron las orejas sanguíneas y las mejillas muy coloradas. ¡A solas estuve todo el rato con Santiago! pensó. Y de la vergüenza paso del rubor a la palidez. La bella pelirroja miró al muchacho de las herramientas el que estaba presente corporalmente, pues sabe donde Dios, lo envió a volar junto a su corazón atrapado en la hermosura que le cautivaba de ella.

- Eh... - A Adelaida no le salió palabra aunque intentó decir algo para disimular su vergüenza.

- Pero Santiago es todo un caballero. Se dedicó a hacer su trabajo logrando no turbar tu sueño - le sonrió Raquel. El muchacho se espabiló al escuchar que lo nombraban.

- No quise molestar - respondió a la pecosa pero mirando a Doña Raquel.

- No es de una dama estar dormi...

- ¡Luisa Adelaida! ¡Por el Amor de Dios! - su tía abuela la miró moviendo la cabeza de un lado a otro desaprobando de nuevo el repentino pragmatismo de su sobrina. Santiago se tensó un poco, conocía un poco a la Adelaida de los vasos de jugo.

- Tía... se ve mal que una dama esté dormida a solas en el lugar donde un extraño trabaja - se escuchó a sí misma y quiso frenar su boca impetuosa pero no pudo.

- Muchacha... - la dama de damas respiró profundo domando el trago amargo que se le movió en el pecho - Santiago en esta casa no es un extraño.

- Lo sé tía. La extraña soy yo - ¡Qué me pasa! se regañaba la pecosa internamente sin saber porque se había puesto a la defensiva.

- Yo pido disculpas... yo debí avisarle Doña Raquel... - Santiago trataba de pensar muy bien que iba a responder - pero es que vi que la señorita descansaba tan plácidamente, cómo si estaba en un sueño amable que pensé que sería casi tanto cómo un pecado despertarla.

Adelaida impulsiva tomó una tartaleta y se le quedó mirando pero sin observarla. Solo lo hacía por no saber que otra cosa hacer ante las palabras del muchacho.

- Discúlpeme señorita Adelaida - esta vez el joven miró a la pecosa lleno de total honradez.

- Adelaida - solo respondió ella.

- ¿Mmm? - él no entendió.

- Me puedes decir Adelaida - dijo la pecosa aun pareciendo algo fría. Raquel se sonrió a solas. Eso es todo, está nerviosa, meditó. La muy bravía sobrina mía solo está aterrada ahí donde está.

- ¿Qué es ese papel que tienes en la mano? - la dama de damas tratando de suavizar el ambiente intentó buscar un cambio en el tema de conversación. Pero al contrario a Adelaida pareció írsele del rostro toda la sangre, ni mucho menos que decir de Santiago. Los dos se miraron de pronto cómo en una silenciosa complicidad, buscando el uno en el otro algún tipo de amparo.

- Nada de importancia tía - dijo la pecosa bajando la mano en que la tenía hacia bajo de la mesa sobre su falda. Sin embargo Raquel no le creyó. Y con la sabiduría que los años y la vida le habían dado dedujo que esa nota se la había dejado Santiago. El misterio real del asunto era saber su contenido, pero incluso era algo que ella respetaría con toda su alma. Si la pecosa quería compartirlo ella gustosa la escucharía, de ser al caso contrario respetaría su silencio.

- Está bien... - la dama de damas se puso de pie y fingiendo repentino cansancio miró a Santiago - Te dejo en buenas manos y gracias una vez más por tu ayuda. Ahora soy yo la que se va a dormir un rato. Luisa Adelaida te encargo a nuestro invitado. Trátalo bien.

La pecosa se quedó muda, apenas pudo asentir viendo con gesto de desamparo, a su tía abuela la que comenzó a alejarse sin siquiera mirar de nuevo hacia atrás. Santiago estuvo apunto de decir que se iba, pero todo su cuerpo estaba anclado a esa silla. Estaba a solas con ella, con la que estaba a diario en sus pensamientos, la que era objeto de su ilusión, en ese momento era objeto de su realidad, estaba frente a él, hermosa de formas imposibles de describir para su alma, la única acción que conseguía todo su ser era admirarla y, porque no decirlo, comenzar a amarla. Adelaida volvió a subir sobre la mesa su mano donde sostenía la pequeña nota. Los dos se mantuvieron en silencio no se sabría decir cuanto tiempo, cómo aquellos que tienen tanto que decir que las palabras no sirven para mucho.

- Gracias - dijo la pecosa al final dejando de luchar con ella misma y relajando su cuerpo. Mas no levantó la mirada de la nota.

- ¿Por qué me das las gracias? - Santiago no podía quitar los ojos de la pensativa pelirroja.

- Por estas palabras - Adelaida pareció lejana de pronto, era cómo un halo de luz frente a él.

- No es nada - respondió él amablemente.

- Nadie me ha dicho nada así antes. Nunca he sido luz para nadie - parecía estar aun en otro tiempo, hablando desde un lugar lejos del presente.

- Lo mismo pensarán muchas estrellas y sin embargo, sin que ellas lo sepan iluminan las horas de uno que otro soñador - respondió casi ajeno a sí mismo, cómo si una parte de su alma hablara por él. La pecosa lo miró a los ojos. Sin darse cuenta intentaba encontrar entre las pestañas de Santiago un rastro de mentira, las palabras hermosas son peligrosas sino están hechas con el corazón. Sino son auténticas, solo son sonidos hermosos con filos ocultos. Pero en los ojos que ante ella la miraban solo encontraba una apacible y cálida mirada, que no la hacía sentir invadida, que por alguna razón la hacía estar muy consciente de ella misma.

- Pero incluso las estrellas brillan - la voz de Adelaida se llenó de un dejo de tristeza.

- ¿Qué quieres decir? - Santiago percibió el letargo de su musa.

- No, nada. No me hagas caso.

- ¿Incluso las estrellas brillan? ¿Saben las estrellas acaso que brillan ante el ojo que las admira?

- ¿Qué quieres decir? ¿Siempre hablas así?

- Yo... disculpa... Solo quiero decir que... - Santiago se ruborizó, se sintió como un bicho raro como de costumbre. La verdad no sabía como ponerlo en palabras comunes. ¿Cómo? ¿si esto en mi pecho no es nada común? se dijo a sí mismo en sus pensamientos. Adelaida se arrepintió de haberle interpelado con su última pregunta.

- No importa Santiago... Gracias de igual manera por las notas... - se volvió a poner pálida. Se le escapó cómo un avecilla de entre las manos, la alusión a la otra nota. Ella no sabía de quién era aquel mínimo pergamino que encontró junto a una rosa en su ventana en una de las mañanas anteriores y aquel deseo oculto o presunción de que era de Santiago terminó traicionándola.

- ¿Las notas? - preguntó el muchacho de las herramientas pareciendo extrañado. La pecosa sintió un frió molesto dentro de ella. Él pareció desconocer sobre la nota anterior. ¿De quién era? Casi que ya se lo creía, pues Santiago parecía hablar de la misma manera en que estaba escrita aquellas breves líneas en aquel renuente papel de confesar su procedencia.

- La nota, quise decir. Disculpa - Adelaida pareció una vez más, hundirse dentro de ella misma en un pensamiento lejano.

- No te preocupes - respondió Santiago pareciendo por su lado hundirse en su propio pozo de pensamientos. Luego de unos segundos en silencio comentó:

- Galleta habla mucho de ti.

- Lili es muy bella - respondió la pelirroja sonriendo taciturna aún.

- Siempre me comenta sobre ti. Te estima mucho - el muchacho de las herramientas hizo larga pausa. Casi dolorosa - Cuando te vayas de Bardolín será muy duro para ella.

Cierto era que Santiago decía la verdad, pero indirectamente le confesaba a la muchacha de cabellos de fuego, que para él también sería una pena. La pecosa se estremeció con esa idea. ¡Volver! ¿Quería realmente volver? Todo lo que perdió en la ciudad, todo se le vino encima de un momento a otro, aunque toda la vida que quería vivir, el estilo de vida que siempre recreó en su mente estaba en los encantos de la ciudad, en su modernidad, se sintió jalada en dos direcciones. Bardolín era un lugar que se había metido en su corazón, aunque no estaba segura si podía estar ahí demasiado tiempo antes de desear salir corriendo hacia la estación del tren para regresar a su casa. Pero el imaginar alejarse de su tía abuela, de no ver más a Lili y a Fabián, al gran Gaspar y a Margot, se le hizo un nudo en el pecho. Buscó consuelo en la mirada de Santiago, cómo si de alguna manera su presencia le pudiese mostrar un pequeño trazo del futuro. Él, pensó ella, lo tengo frente a mi y me siento tan segura, me siento intrigada a la vez, no sé si del futuro, no sé si del misterioso corazón de Santiago. ¿Tiene sentido dejarse llevar por todo esto? No soy de aquí, él no es de allá. Pero incluso Dios quiso ponernos uno frente al otro. ¿Por qué? Va ser muy duro irme. ¿Dios por qué?

- Para mi también será muy duro - respondió al final, tras una sonrisa triste - pero debo volver.

- Lo sé - él también pareció triste -. Lo importante es que estés donde estés te encuentres bien y feliz.

La pecosa lo miró atrapada entre su corazón y su realidad. ¿Feliz? Sus ojos se le enrojecieron, mientras luchaba porque sus lágrimas no se le escaparan como fugitivas de su pena interior. Se quedó en silencio porque pronunciar palabras no le era posible en ese momento. Su ser no se podía expresar de otra manera pues lo que le recorría su alma era inefable incluso para ella misma. Volvió a hundir la mirada sobre la nota que aun estaba dentro de su mano, como un ave en su nido. Y sintió la loca necesidad de sacar de su cintura el libro que traía oculto y poder ojearlo. Sin embargo alzó sus pequeños y hermosos oscuros ojos a los de Santiago.

- Aquí siempre serás bienvenida - dijo él sin más. Y las lágrimas silenciosas de Adelaida se vertieron sobre sus pecas, se deslizaron por sus mejillas, sin prisa, abundantes en sentimientos. Movido por su corazón conmovido el muchacho de las herramientas la sostuvo de una de sus delicadas manos. Ella sintió su pecho sonar con fuerza.

- Gracias - murmuró ella.

- Adelaida... - cuando Santiago pronunció su nombre, cuando la llamó directamente por su nombre, se sintió sacudido y lo que iba a decir se le nubló de la mente. Solo giraron como en un espiral unos versos, que una y otra vez le sonaban en la cabeza. Tenerla de la mano una vez más lo movió por dentro en todas direcciones. ¿Por qué tiene que irse? gritaba su corazón.

- Adelaida... - una vez más la nombró, sin saber que decir más allá de eso. Tenía los llorosos ojos de la pecosa sobre él muy atentos, abiertos sin pestañar. Y no pudo más con la idea de que un día, tal vez muy cercano, ella ya no estuviera cerca. De que estuviera tan lejana como esas estrellas que alumbran sin saber a algún soñador. Se puso de pie.

- Me tengo que ir - dijo soltando suavemente su mano que pareció la separación de ambas, una tierna caricia. Ella lo miró sin decir nada. A él  le pareció que ella le gritaba con sus ojos que aun no se fuera, pero tal vez solo era lo que él deseaba creer -. Ya se está haciendo de noche.

La pecosa se mantuvo en silencio solo lo miraba, lo que conmovía aun más a Santiago. Miró hacía la mano de la pelirroja triste, en la que tenía la nota sostenida y volvió a notar que en su cabeza seguían girando unos versos en concreto. Y mirándola de nuevo a los ojos le dijo:

- Sí tienes luz - le dijo siendo el que nunca había sido. El tímido se iba en la cercanía de tan bella dama y surgía de adentro de él, un Santiago distinto, que de un momento a otro el mismo desconocía. Caminó alejándose de ella, de la silenciosa pelirroja, pero estando cerca del jardín central se detuvo y se giró de nuevo en su dirección. Adelaida se mantenía en absoluto silencio todavía, sin apartar la mirada de Santiago, sumergida en el misterio de sus emociones.

- Respecto a la otra nota... - le dijo lo suficientemente alto para que ella lo escuchara - "Cuidaría el paso de tus botas trenzadas y con una cinta blanca ataría para ti la luna llena. Y besaría tus ojos, y soñaría en tus pecas...

Ella comenzó a llorar aun más.

- "Serías mi reina coronada con cayenas" - se quedó de pie donde estaba unos segundos mirándola. Luego volvió a decirle:

- Tienes luz Adelaida - se dio la vuelta y salió por la entrada principal rumbo a la vereda.

La pecosa lloraba, no sabía por qué, si de tristeza, si de emoción, si de gratitud, si de miedo. No podía detener su caudal y guiada una vez más por la mano invisible de su alma se puso de pie y caminó hasta su habitación con prontitud y se asomó por su ventana para ver en el último momento a Santiago pasar de largo. Trató de llamarlo, trató de dirigirse hacia la vereda y alcanzarlo. Sin embargo se quedó clavada donde estaba. Luego de un minuto de contradicciones se dejó caer sentada sobre su cama. Miró hacía su mesa de noche y se acercó, revisó dentro del interior y tomó la pequeña nota de la rosa y la puso entre sus manos junto a la que había recibido esa tarde de Santiago y por un impulso desmedido las besó. Con profundo amor las guardó ambas dentro de su mesa de noche y tomando el libro de Maira de su cintura, leyó aun con la mirada nublada por lágrimas imposibles de traducir:



II    

LA FELICIDAD


"No la busquéis. Creedme. No la hallaréis. No tiene sentido buscar lo que ya tienes. Dejad la búsqueda. ¿Recordáis que ya la habéis encontrado? ¡Amor y Felicidad son distintas cara de lo mismo! Sólo cuando dejéis de buscarle le encontraréis, pues no tenéis que iros a ninguna parte, ni tenéis que encontrar nada, ni nadie os podrá decir donde está. Mirad en el espejo la felicidad y veréis que ya la lleváis a cuestas. Tú eres la felicidad, no hay nada que encontrar, os juro. Sin embargo, todo habéis de sentiros dentro de vuestro ser. Vivid dentro de vuestro propio reino que es vuestra alma. Alegraos de vuestra alegría, os digo la verdad. Cuantos caminos recorrí para perderme en la tristeza. Acepté mil promesas, por no escuchar lo prometido por mi corazón. Sé, porque donde hoy te encontráis ya he tropezado yo, que tenéis miedo. ¿Pero que es el miedo sino una idea que no queremos que se materialice en nuestra vida? Escucha a vuestra querida Maira. 

No temáis. ¿Queréis ser feliz? No temáis. ¿Queréis ser amada? No temáis. En verdad os digo que el miedo solo es un pensamiento. La felicidad no. Tú eres la felicidad. Cuando pensáis en la felicidad o en la tristeza con miedo, te estáis negando a ti misma. No penséis, ni temáis, sed tu misma. Yo sé, porque he de saberlo por mis vivencias, que has sido lastimada, y el dolor aun te duele donde ya no queda herida alguna. ¿Recordáis que me entregué a brazos carentes de amor? Me entregué por miedo, porque fui engañada, me prometieron la felicidad cómo algo que no era mío. Como algo que debía atar y armar, construir y sostener para merecerlo. Nunca logró hacerme feliz aquel, que no sabía ser feliz él. Y tarde comprendí que Juan - conservadle aun más en la memoria - era feliz y por eso me amaba, porque su felicidad era mi felicidad y la mía la de él. Porque a su lado no había nada que buscar, nada que pensar, nada que hallar. Porque él era simplemente feliz estando cerca de quien os escribe. Porque él no buscaba la felicidad en mi porque ya la había encontrado con solo estar. Así el vivía en mi y yo en él, pero yo tenía una idea, basada en la creencia que carecía de lo que era imposible ser desprendida. Y corrí en la dirección de aquel que buscaba con miedo como yo, lo que nunca encontraréis, porque la felicidad ya está cuando decides llegar, cuando dejas de buscar. 

No me toméis en vano, y detén tu travesía. Ni cerca ni lejos le hallaréis. Que cuando dejéis de buscar, veréis el por qué no le encontrabas. ¿Si buscáis por la habitación el vestido que lleváis puesto le encontraréis? Os aseguro que saldrás lejos de la habitación para buscarle y aun no le encontraréis en ningún lugar. Sin embargo el vestido nunca estará perdido, ni en necesidad de ser encontrado. Solo de ser entendido sobre las pieles, reconocido sobre vuestra propia belleza. Escucha a Maira, no os digo nada en vano. Mientras escribo estas líneas para vuestro corazón ya no busco la felicidad. Es mi deseo que mientras me leéis, tu detengas vuestra búsqueda. ¡Y corred hacia el Amor, hermosa, que nunca vuestros pies irán tan veloces! Solo los felices saben amar. Ama a aquel que es feliz en tu presencia porque no tiene que buscar en ningún lugar su felicidad, porque ya la ha encontrado en él, en su propio amor, y en el amor que vierte hacia ti.

Los que tienen miedo buscan y buscan y nada o poco encuentran. Pero la felicidad no es a medias. Es o no es. Pero la buena nueva es que siempre es y siempre está. Escuchad lo que te dice el corazón que por sabio no usa de las palabras cómo la razón, que se pierde en lo relativo, en lo supuesto, en lo que puede tener distintos significados aunque la emoción sea una sola y ardiente en el latiente pecho. Sin embargo, hermosa, tú quien lees, tenéis el derecho de no creerme. Pero me creeréis. Os aseguro. Mas sino me tomáis en vano, será breve el camino, porque no hay distancias que recorrer hacia uno mismo. Por eso no hay que ir a ningún lado ni encontrar nada. Solo reconocer que eres lo más hermoso que puedes mirar en cualquier reflejo porque eres felicidad que se reconoce a si misma, viva, apasionada, generosa, eterna en dimensiones. ¿Comprendéis semejante presente de los Cielos? Feliz para amar y para ser amada. Amada por ser feliz. Feliz por ser amada. No busquéis más. Tú eres la Felicidad."

Adelaida cerró el pequeño libro al terminar el capítulo.

- No hay que ir a ningún lugar - dijo para sí misma mientras cerraba los ojos. Miró a Santiago dentro de sí, y estuvo segura que ella podía ser vista por Santiago dentro de él. Ningunos lugares donde ir, nada que buscar, porque ya está ahí todo y en todas partes. Tengo luz, se dijo en sus pensamientos al recordar las palabras del muchacho de las herramientas. Y se sintió segura, tranquila, por un momento el pasado y el futuro no importaban, el allá y el aquí eran indiferentes porque en el ahora, es el único momento donde se está y el único lugar que existe. Se sintió iluminada y se sintió iluminar. Y se abrazó a ese bienestar con tanto deseo. Así quería sentirse siempre.

Feliz.