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sábado, 25 de julio de 2015

Capítulo 31


Entró al mercado con paso alegre y decidido. El sol besó sus mejillas dulcemente al salir de la sombra de la última casa de la vereda. La suave brisa de la mañana volvió a acariciar sus cabellos de fuego, meciéndose en ellos como si un hada invisible se tratara. Nuevamente los olores de los tarantines la alcanzaron y la hicieron aspirar profundamente, amando todos aquellos aromas. Se detuvo frente a una repisa llena de frascos llenos de todo tipo de conservas, muy provocativos a la vista. Podría llevar uno para su papá y su mamá cómo obsequio, sostuvo uno de ellos y lo miró con ojos de joyero. Por detrás de ella pasó un grupo de tres jovencitas que iban conversando muy animosas, y a cada minuto dejaban oir sonoras risas al únisono. Ella volteó a mirarlas un segundo, al trío de muchachas alegres que parecían hablar de cuanta cosa y cuanta persona les pasara cerca. Les perdió interés rápido y regresó sus pequeños hermosos ojos sobre el frasco que tenía entre sus pequeñas y delicadas manos. 

- Señor Marcos, me llevo este - Adelaida le extendió unas monedas al mercader, las que con una amable sonrisa las recibió. Él anciano con premura buscó para darle el cambio, pero la pecosa lo rechazó. Con un gesto amable le hizo saber que podía quedárselo. 

- Muchas gracias señorita.

- Sus conservas valen mucho más de lo que usted las cobra. ¡Son una delicia! - le dijo con holluelos en las mejillas la hermosa pelirroja. 

- Muy amable. 

- Hasta luego - se despidió contenta con su frasco en manos y siguió caminando entre los tarantines hasta llegar cerca de una gran cesta llena de ciruelas. Su olor y colores intensos la hicieron detenerse en frente tentada a probar uno, pero al estar ahí escuchó cerca a las tres muchachas que había visto minutos antes, un poco más adelante de donde ella estaba. Entre el bullicio del lugar, entre las voces que venían en todas direcciones, se filtró la voz de una de ellas hasta sus oídos. Había dicho algo de Santiago. Puso mucha atención intentando alcanzar a escuchar la conversación pero haciéndose la desentendida. 

- Tú le diste la dos cerezas Rebeca, muchos pensábamos que ibas a romper la maldición de Santiago hace tres años atrás - dijo una, las otras dos rieron a boca de jarro. 

- Hubiera sido Fabián y le daba hasta seis... - respondió Rebeca. 

- Pero Fabián te daba vueltas. Algo le hiciste que se alejó de ti - dijo Clara.

- Él no me daba vueltas, él es pícaro con todas por igual.

- Sí, eso es cierto - dijo Clara dándole giros entre sus dedos a uno de sus mechones. 

- Pero con que cara lo dices - la codeó Rebeca. La muchacha rió ampliamente.

- Bueno, a mi también me dio vueltas. 

- Estás inventando. 

- No, lo juro - Clara abrió los ojos ampliamente, con expresión de cordero. 

- La verdad es que a ninguna nos llegó serenata de él, el año pasado - dijo Laura.

- Pero a todas nos coqueteó - dijo Clara.

- No ha todas - dijo Laura.

- Ah... es que Fabián es de buenos gustos - rieron dos de ellas.

- ¿Qué te crees? Se te pudrieron las cerezas esperándolo - dijo Laura un poco mal humorada. Volvieron a reír las otra.

-  Yo no lo esperaba a él - dijo Clara.

- ¿A Santiago? - dijeron las otras casi al unísono. 

- ¡No! Esperaba a Cristobal... pero para esas fechas viajó.

- Es un chico listo - dijo Rebeca.

- ¿Qué quieres decir? 

- Nada. Pero tú sabes que todas esperamos a Fabián en el mes de las cerezas - volvieron a reír. 

- Tiene un tiempo que no se le ve con nadie - reflexionó Laura.

- Con alguien sí - dijo Clara.

- Ah sí... - Rebeca hizo un gesto despectivo - con la rarita. 

A Adelaida se le estremeció el cuerpo. "La rarita", sabía de quien iban a hablar. Tenía ganas de arrojarle el frasco contra la cabeza, pero se contuvo e intentó seguirlas escuchando a paso retirado mientras estás comenzaban a caminar de nuevo.

- Le tendrá cariño - dijo Laura.

- O ella lo embrujó - Clara se pasó un dedo por la muñeca haciendo un gesto extraño. 

- Yo creo que es lástima - dijo Rebeca.

- Sí, pero por lástima él no va a dejar de darle serenata a alguna de las muchachas de Bardolín. Siempre tan galante, siempre se le ha conocido teniendo alguna novia. De verdad que no dura mucho solo. 

- Es que difícil no lo tiene. 

- Pero es muy extraño, como dices. ¿Estará enamorado de  Galleta? - dijo Laura. Las otras rieron tanto que casi se caen al avanzar. Adelaida iba detrás de ellas tragando hondo, estaba a un paso de acercarse y de ponerlas en su lugar.

- ¿Cómo se te ocurren tonterías? - dijo una de ellas. 

- Entonces explícame. 

- Por favor, seamos serias. Fabián se le han conocido las más bellas novias de Bardolín. 

- Si hablamos en serio Galleta es muy bonita... - dijo Laura.

- Es rara. Escurridiza como un perro callejero. Silenciosa como un muerto en pie. Metida todo el santo día en Los Jardines recogiendo hierbas y sapos. Seguro hará hechizos encerrada en su cuarto y tendrá a Fabián embrujado - dijo Clara. Rebeca no pudo contener la risa. 

- Hablo en serio - gruñó Clara -. Pues miren, hablando del Rey de Roma... 

Galleta estaba en el mercado, cargaba algunas frutas en una cesta y caminaba delante de ellas sumergida como siempre en sus pensamientos. El trío de parlanchinas aceleraron el paso hacia ella y el corazón de Adelaida se sacudió, también apresuró el paso. 

- Hola Galleta - la rodearon. Lili dio un respingo y las miró con sus grandes ojos marrones, algo llenos de temor. No estaba acostumbrada a que se le acercaran los demás de esa manera y menos el trío de parlanchinas en particular. 

- Está muda - murmuró Clara. 

- Nos estabamos preguntando Galleta... - Rebeca la miró maliciosa - ¿Te gusta Fabián? 

Galleta se quedó petrificada mirándola fijamente, sus ojos se le humedecieron. Sintió tanta vergüenza ante tal pregunta. Terminó bajando la mirada queriendo salir corriendo pero le tenían el paso cerrado. 

- La vas a hacer llorar - dijo Laura por lo bajo, sintiendo un poco de pena por la muchacha tímida y temerosa -. Mejor déjala.

- Por favor Laura, ¿qué le cuesta responder? Todos saben que le encanta ir donde Fabián y que él la atiende porque tiene buen corazón. 

- ¿También esperas que Fabián algún día te lleve tu primera serenata? - dijo Clara. Ella y Rebeca estallaron en risa, a Laura aquello no le estaba gustando al ver el rostro de Lili tan adolorido. 

- Muchachas, mejor seguimos andando - dijo Laura. Mas las otras dos la ignoraron. Rebeca tomó por la barbilla a Galleta y le levantó el rostro suavemente.

- Fabián tiene un buen corazón, por eso te recibe en su casa, porque le das pena. Te digo esto para que no vayas a sufrir. Él no se fijará nunca en una muchacha como tú. Lo sabes ¿verdad? 

- No la escuches Lili - Adelaida dijo de improvisto, que las hizo dar un salto a todas -. No escuches a estas frustradas. 

- ¿Cómo dijo? - preguntó Clara a sus amigas. La pecosa con las orejas enrogecidas de la rabia, pasó entre ellas y tomó de la mano a Galleta e intentó sacarla de en medio de sus agresoras. 

- ¿Qué te crees tú, muñequita de la ciudad, para decirnos frustradas? - dijo Rebeca retadora, cerrándole el paso a la pelirroja, la que por su frágil estampa parecía una niña entre ellas. 

- ¿Qué te crees en verdad? ¿Con tus vestiditos y modales burgueses crees que tienes el derecho de insultarnos? - dijo Clara. 

- ¿Insultarlas? - le respondió Adelaida - Si ustedes mismas se hacen el favor. 

Las tres se miraron sin enteder muy bien. Logró hacerse paso entre ellas llevándose consigo a Lili. 

- Nos dijiste frustradas y pretendes irte como si nada - dijo Rebeca -. De seguro la frustrada eres tú, que vienes a rescatar a la frustrada de Galleta que en su vida a recibido una serenata de nadie. Esa si es una frustrada. 

Adelaida se detuvo en seco y se giró hacia ellas. Sintió cómo Lili comenzaba a llorar intentando repremir con todas sus fuerzas el llanto. Eso le bastó, esa era la gota que derramaría el vaso. 

- Les voy a decir algo y espero que su limitado entendimiento les alcance para comprender - dijo la pecosa en alta voz que los que estaban cerca se detuvieron a escucharla -. Cuando miran a los demás y los señalan desde sus propios juicios, están señalando la propia idea que tienen en sus huecas cabezas. Cuando le dicen "rara" a Lili, no es que ella lo sea, sino que en sus estrechas mentes no pueden ver más allá de lo que ustedes mismas son. ¿Les da gracia que ella nunca haya recibido una serenata? Ustedes habrán recibido muchas para seguir solas, cómo un trío de cuervos que se creen cisnes, que no les queda más que reunirse con sus semenjantes para no sentirse desdichadas. Por eso Lili anda sola, porque no hay como ella semejante en este lugar, porque es única, porque es un alma pura, algo que ustedes no tienen. ¿Qué les importa si a ella le gusta o no le gusta alguien en Bardolín? ¿Quieren desahogar su frustrarción en la única muchacha que ha logrado la atención de Fabián últimamente? ¿Se preguntan por qué Fabián la recibe? Claro, obvio, es menos doloroso que preguntarse por qué Fabián NO las recibe a ustedes. ¿Se preguntan que tiene Lili? Pregúntense que NO tienen ustedes. Esa es la verdadera pregunta que se deben hacer.  

- ¿Quién te recuerda esa escena? - dijo risueño Gerónimo Valdez al amigo que lo acompañaba en el mercado, mientras escuchaban a Adelaida.

- Pues sin duda a La Señora de Bardolín - dijo el segundo. Sonrieron los dos asintiendo.  

- Van por todos lados murmurando de todos, siseando entre ustedes como una cesta llena de serpientes. ¿Se creen mejores que Lili? Demuéstrenlo. Vamos, este es el momento, frente a todos los presentes demuestren que tan mejores son ustedes. Desmuestren en que la superan. Bueno, si de chismes se trata, nadie las supera...

- Nos dijo serpientes - balbuceó Clara.

- Tú no eres de aquí y no tienes derecho de... - Rebeca intentó interrumpir a la pelirroja.

- A mi no me hables de tener o no tener derecho y poco me importa de donde seas tú, de Bardolín o del Cielo, jamás te voy a permitir que humilles a Lili solo porque te gana con sencillez donde tú tienes que hacer hazañas. Ella no tiene la culpa que seas tan nula. 

- Son unos cuervos - comenzó a decir un señor desde su tarantín -. Galleta es un ángel. 

- Sí, en verdad son unos cuevos - dijeron desde otras partes los que escuchaban. 

- ¿Vieron muchachas? Yo les dije que era mejor que... - intentó hablar Laura. 

- Es mejor que te calles - le espetó Rebeca a su amiga, luego miró con soberbia a Adelaida -. Todo tu palabrerío refinado me tiene sin cuidado. Ella sigue siendo la rara, y todos aquí lo saben y quieren hacerse los solidarios con la sobrina de Doña Raquel, solo porque es la sobrina de Doña Raquel. Galleta es un bicho raro. Así como Santiago, ellos son los bichos raros de Bardolín. ¡Y-todos-lo-saben!

A la pelirroja le hirvió la sangre. ¡Santiago bicho raro! Era demasiado, primero a Lili después a Santiago, no se lo iba a permitir. Tenía que ponerla en su lugar. Lili le apretó la mano queriendo que su amiga dejárara todo aquello y poder irse de ahí, pero Adelaida no lo iba a dejar así.

- ¿Cómo te llamas? - miró con autoridad a una de las muchachas.

- Laura - dijo esta casi temerosa.

- Ven, eres lo único rescatable de ahí - le extendió la mano.

- Si das un paso, te tocará andar en los rincones sola, como la rara esa - le amenazó Clara.

- No se te ocurra Laura - le regañó Rebeca.

- Ven Laura, ya estás sola estando con ellas. Tú no eres como ellas - Adelaida mentenía la mano extendida hacia ella con determinación, con seguridad.

- Sí das un paso hacia allá es que te crees mejor que nosotras y no lo eres - dijo Clara.

- Demuéstrale que si lo eres Laura. Ven, tú no eres cómo ellas. Mira a Lili ¿Le harías daño si no estuvieras junto a ellas?

- No - dijo bajamente mirando a Galleta.

- Yo sé que no - le sonrió Adelaida -. Ven, Laura.

- Si das un paso pierdes nuestra amistad - dijo Clara molesta.

- Pero gana la nuestra - respondió la pecosa -. Pierde de andar con dos cuervos y gana de andar con dos damas.

- Muchachas reconozcamos que estabamos haciendo mal y...

- ¡Laura la boba, siempre tú! Nunca puedes ser solidaria - le dijo Rebeca.

- Ven Laura, eres mejor que eso. Eres mejor que ellas, por eso quieren tenerte por debajo, porque son unas frustradas. De aquel lado, las demás son raras, o bobas. Del lado nuestro no hay nada de eso, hay personas, y las respetamos. Ven.

Laura miró a Rebeca y a Clara, desepcionada y triste. Le habían dicho una vez más "la boba", por solo querer hacer lo correcto. Miró a Adelaida tan solidaria con Galleta, miró como aquella pelirroja que tenía en frente hacía lo que ella, de tener el valor, hubiera hecho. Estaba del lado equivocado, solo por miedo a estar sola, a que le dijeran rara, a que la despreciaran como a Galleta. Pero no más, pensó que no más, que le valdría más estar sola que con tan mala compañía.

- Nunca me creí mejor que ustedes muchachas - al fin les dijo -, pero tampoco soy menos que ustedes. No soy una boba.

- Siempre lo has sido - le dijo Rebeca -, y lo estás demostrando una vez más.

La muchacha llena de desepción las miró en silencio unos segundos, se giró y caminó hasta la mano extendida de Adelaida y se la tomó. Se le salieron las lágrimas, en el fondo seguía teniendo miedo de que la trataran como lo hacían con Galleta.

- Y así es cómo de tres cuervos contra dos damas, se logra obtener tres damas contra dos cuervos - les dijo Adelaida. Las otras dos por mucho orgullo que tenían sintieron vergüenza ante la mirada de todos, cuando entraron en razón que medio mercado las miraba. Se sintieron reducidas en su propia pena. Sintieron ganas de salir corriendo. Gerónimo cerca del lugar escuchó todo el enfrentamiento, junto al amigo que siempre lo recibía en Bardolín.

- Divide et impera - dijo para sí mismo con su gran sonrisa de abuelo, orgulloso de la sobrina de su preciada Raquel. El anciano que le acompañaba asintió al escucharlo.

Adelaida tomada de las manos de Galleta y Laura las alejó del lugar cómo si de dos niñas pequeñas se tratara, protegidas bajo su amparo. Las otras dos muchachas se quedaron mudas viendo como su amiga las dejaba atrás, sin siquiera voltear. El resto de las personas que escuchaban aplaudieron a Adelaida.

- No temas Laura, no estarás sola, nosotras seremos tus amigas - le dijo la pecosa mientras le soltaba las manos a ambas y tomaba de nuevo el frasco que había puesto sobre las frutas que llevaba Lili.

- Discúlpame Galleta - le dijo la muchacha a la tímida de cabellos lacios, la que asintió sin levantar la mirada.

- No te preocupes Laura, no permitiré que ellas se metan contigo - le animó la pecosa.

- Rebeca tiene razón - dijo Lili aun sin levantar la mirada. Adelaida suspiró profundo sabiendo el daño que habían hecho en la frágil autoconfianza de su adorada amiga.

- No Lili, no tiene razón. Olvídate de lo que te dijo. Sabes que Fabián contigo es cómo no lo es con nadie, y eso es porque eres especial para él.

- Porque tiene buen...

- ¡Lilibeth! - la pecosa le habló con carácter, la muchacha de cabellos lacios levantó la mirada con los ojos amplios, como de costrumbre, parecidos a dos grandes ventanas abiertas -. Te prohibo que repitas las palabras de esa muchacha.

- Galleta - dijo Laura con afecto -, ella solo quería lastimarte. No le creas lo que te dijo. Yo si puedo creer que Fabián se fije en ti. ¿Por qué no? Mira todo lo bonita que eres. Y quizá lo que más le gusta a él de ti, es que no te le lanzas en los brazos como ya quisiera una de ellas. Que el tiene que hacer su mejor esfuerzo para llegar a ti, que tiene que ser todo lo delicado que nunca ha sido, todo lo cariñoso que nunca ha sido, todo lo paciente que nunca ha sido y si está haciendo cada una de esas cosas, es porque te quiere.

- No me equivoqué contigo - le sonrió Adelaida. Lili miró a Laura, con sus lágrimas aun a punto de desbordarse, pero la miró pensando en todas sus palabras.

- Se ha ganado a dos enemigas - Laura le advirtió a la pecosa.

- Perderán su tiempo porque jamás me pondré al nivel de ellas. Pero tampoco le permitiré que humillen a Lili. Más bien siento pena por ellas.

- ¿Pena? - Laura pareció extrañada.

- Cuando una persona está tan molesta con la vida como ellas, es porque no se quiere a sí misma. Que para sentirse mejor ataca al mundo, intenta reducirlo, porque desprecia lo que ella mísma es. Hasta que no cambien esa actitud vivirán a la defensiva y lastimarán a los demás queriéndolo o sin querer. Ellas son personas más solitarias de lo que parecen.

- Creo que tiene razón señorita - dijo Laura.

- Mi nombre es Adelaida y por favor no seas tan formal conmigo.

- Es que usted es tan refinada...

- Nada de eso - le interrumpió la pelirroja hermosa -. Aquí las tres somos por igual. Así que nada de usted, ni de señorita Adelaida, nada de eso. Para las amigas yo soy Adelaida.

- Esta bién - sonrió Laura.

- Me tengo que ir - dijo Lili, sin levantar la mirada.

- Oh, bueno... yo te acompaño - la pecosa se dispuso a acompañarla.

- No quiero molestar, Adelaida, puedo irme sola.

- Sola imposible.

- Estoy acostumbrada a estas cosas. He vivido con ello toda mi vida.

- No tienes por qué seguirlo viviendo. Mientras yo...

- No estarás aquí para siempre - le dijo la muchacha de ojos marrones.

- Lili...

- Lo sabes, no vas a estar ahí siempre para protegerme, cómo no lo estuviste antes de llegar aquí.

- No me digas esas cosas Lili, me haces sentir mal - Adelaida metió el cabello de Galleta trás sus orejas dejando al descubierto su hermoso rostro ovalado y simétrico -. Mírame, tú y yo somos amigas y hermanas. Desearía poder estar siempre cuidándote, no porque te crea desvalida, sino porque eres importante para mi. Tú fuiste el primer cimiento que conseguí aquí en Bardolín, yo era una flor marchita y tú me recibiste en tu mundo sin reservar nada para ti. Gracias a lo sincero de tu amistad, de lo puro de tu corazón yo pude ir abriendo mi corazón poco a poco, tanto que gracias a ti, pude sincerarme con mi tía abuela y desde entonces mi vida cambió. Soy otra, más feliz. Y yo estoy muy agradecida contigo. Es cierto lo que dices, no sé cuanto tiempo estaré aquí, pero mientras esté aquí, sea una hora más o toda la vida, cuentas conmigo. No te voy a dejar sola.

La muchacha de grandes ojos marrones y tristes se abrazó a ella fuertemente. Que sería de ella cuando Adelaida no estuviera, cuando llegaran esos días que parecían tan cercanos, con la presencia de los padres de la pelirroja en Bardolín, los días en que volvería a caminar siempre sola por las veredas sin mayor compañía que el viento de las tardes, o de los pequeños insectos de los cuales siempre andaba observando y aprendiendo. Quién la acompañaría en su habitación lleno de sus ilusiones a escucharla leer sus libros favoritos. Quién la sacaría de sus depresiones, de sus soledades. Quién la haría sentir bonita ante el espejo, quién le daría esa confianza. A parte de Fabián, a quién más le podría hablar de sus mariposas. Con quién se sentaría al borde de la fuente a reír y a hablar de todas sus reflexiones intrincadas de la vida. Quién la escucharía sin mirarla como algo extraño. No te vayas nunca, quería decirle, pero sabía que su pelirroja amiga no pertenecía a ese lugar, que la vida de ella la esperaba en la ciudad donde estaba su verdadero hogar. No te vayas, repetía una y otra vez en sus pensamientos, cómo si deseara que Adelaida lograra alcanzarla a oír, aunque sabía que no se podía quedar.

- Vamos - la pecosa se enjugó los ojos; también dentro de ella sentía la falta que le haría Lili en el momento que tuviese que irse de verdad. Sin embargo dentro de su alma abrazaba una ilusión, deseaba que la vida le diera un milagro, porque no solo la ausencia de Galleta sería dura para ella, también la ausencia de su tía abuela... y Santiago. Sí, aquel muchacho que la miraba de esa forma, cómo nunca había sido mirada. Que la trataba como nunca había sido tratada. Que por alguna razón la amaba, no importaba cual, ella lo sentía, Santiago la amaba, no porque ella se metiera en la cabeza esa idea, sino que el muchacho de ojos nobles se lo hacía sentir en cada momento que lo tenía cerca, la hacía sentir protegida, la hacía sentir segura, hermosa, valorada. Lili, la tía Raquel y Santiago... No se podía imaginar el día que ya no puediera verlos. Invitó a Laura que las acompañara la que en silencio se unió a ellas, respetando los afectos de las dos amigas, admirándolas. Supo que había hecho lo correcto alejándose de Clara y de Rebeca y se sentía más a gusto, más cómoda junto a Adelaida y Galleta. En tan breve tiempo se sintió relajada como hace mucho no se sentía junto a sus antiguas amigas.

Mientras caminaban, Adelaida meditaba dentro de sí, miraba a Lili y miraba a Laura. Quizá Dios se la había mandado para que cuando ella tuviera que irse, su amiga y hermana, no se quedara sola. Sigue siendo injusto, pensaba, yo soy la que pierde más. Miró a su alrededor, amo todo lo que veía, las casas, las veredas, los jardines dividos por bajos muros o por verjas blancas. Rosas, claveles, trinitarias, cerezos, granados, sin fin de flores y arbustos que hacían de aquel lugar un pequeño Edén. Aunque era el mismo Sol que iluminaba sobre su ciudad, en Bardolín le parecía distinto, amable y cálido, llenando todo de colores tostados. Hasta amó el canto de un pequeño grillo escondido entre los pequeños pastos verdes bordeando la vereda. Entendió cuando tía Raquel había dicho que solo muerta salía de tan amable pueblo, cierto era, que cuando ella se fuera una parte se quedaría en Bardolín, una parte de ella se iría sin vida a la ciudad, vacía, hueca, silenciosa en ella.  

Aunque presentía que ese día se acercaba ella seguía esperando en el centro de su alma, su milagro. Y de algo estaba segura, Los Jardines de Bardolín era un lugar que tenía su hechizo, dónde hasta una tristeza como la suya podía ser sanada. Un lugar donde al Amor se le daba la bienvenida con tres cerezas. Y ella amaba las cerezas. ¿Acaso no era el lugar perfecto para ella?

Su alma sabía que lo era.    

   
 














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